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Peluquería 4
Me dirigí al Barrio de Chueca con el pensamiento al viento de escoger una peluquería
al azar. Entré en la primera que vi atraído por uno de aquellos postes de barbero de líneas rojas, blancas y azules que giran. De primeras, el peluquero
me pareció demasiado simpático. Antes de disfrazarme de cura o de batman, envuelto
en aquella capa negra, me invitó a sentarme frente a un póster de Paul
Newman. Me sentí más tranquilo e inspirado y me dejé llevar, esperando
la guillotina. El verdugo era muy parlanchín. Miró al espejo, me miró a los
ojos a través de él y me dijo: -Voy a hacerte un corte inglés. El
rollo que te va a ti es el de ejecutivo-. Yo cerraba los ojos
por miedo a que me cortara las pestañas mientras me igualaba el
flequillo. Añadió que tuviese mucho cuidado con quién me cortaba el
pelo: -No dejes que cualquiera te lo toque. Muchos luego vienen a mí a
reparar el estropicio-. De repente, entró en escena un chico moreno,
guapo, sonriente. Susurraban entre ellos como si yo no existiera. Empecé
a cabrearme ante tanta desatención capilar pero al ver los ojos azules de Newman me obligué a relajarme. Cuando volvió a mi nuca, me molestó, ya que yo también le susurraba cosas a Paul. Su imagen me sugería la de una especie de
Cristo del Estilo. El peluquero tenía prisa porque calló y remató la faena con mucha seguridad y acertando: me cambió la dirección del flequillo (hacia la derecha), sacudió los restos de pelo con un cepillo suave como si fuera el de un
teckel y desanudó la capa de mi cuello haciendo una verónica. Salí de allí disparado, con
andar de ejecutivo. En el primer escaparate en el que me vi reflejado, cambié la dirección de
mi flequillo hacia la izquierda.
Peluquería III.
Desperté de un sueño en el que estaba charlando en la cama con Benjamin Biolay.
- ¿Está bien la temperatura del agua?
- Eh--eh…sí, gracias.
- Pasa por aquí.
Me sentó en una silla que podría girar sobre sí misma. El peluquero no me preguntó que quería, se dispuso a cortar directamente la melena. Las tijeras como prolongación de su pene. No miré en toda la sesión al espejo.
- Eres muy guapo – me dijo-.
- Gracias.
Pensé que en un mundo ideal eso supondría un plus y que el corte de pelo me saldría gratis. Apareció en escena Perdita (supe su nombre porque lo tenía bordado en la solapa) y me vi sorprendido en medio de una una máster-class sobre mi cabeza.
- Éste es el undercut.
- ¡Qué guay! – gritó Perdita.
Yo sentía que no estaba ahí del todo, que todavía estaba en la cama con Benjamin Biolay. Más que nunca como un maniquí.
- Es el corte de la nueva temporada.
- (¿Cuál será el de ésta?) -me pregunté.
Casi tocando mi barbilla con el pecho, el peluquero comenzó un interrogatorio sobre mi vida personal. Y para reducir ese interés y en un acto de abulia, arranqué a hablar y a hablar mientras de mi cabeza saltaban mechones despedidos y borboteaban mis palabras entre las cuales se encontraban: Benjamin Biolay, Antonioni, café y Fin de Año.
(Suenan “The Drums” a todo volumen)
- Es la primera que vienes ¿no?
- Sí.
Mantuve los ojos cerrados el resto de tiempo. Olía muy bien: lavanda o flor de la pasión.
Entró en el cuadro una señora pelirroja con el pelo muy rizado y en ese momento sentí que dejaba de ser el protagonista. Perdita la atendió en recepción pero el peluquero no paró de cortar y contar, no se da prisa por acabar y pidió a Perdita que le lavase la melena. Me imagino qué le dirá a la señora mientras masajea sus sienes. Quizá estuvieran hablando de mí.
No me había mirado todavía al espejo, puede que estuviese muy guapo o fuese un desastre.
Pienso: podría decirle al peluquero que si me deja bien, cada vez que vaya a cortarme el pelo a su peluquería escribiré un microrrelato, y si ese microrrelato es gracioso, volveré para cortar, teñir y escribir.
Por fin la prueba, erguí el cuello y al enfrentarme a mis propios ojos, dije: me gusta mucho, gracias.
Peluquería II.
El pie del peluquero presionaba la palanca que hacía subir poco a poco mi asiento frente al espejo y que marcaba los segundos de silencio incómodo. Me preguntó mi nombre y yo siempre había querido llamarme Mario. Mi diagnóstico era el siguiente: crecimiento de pelo en la nuca alto, entradas incipientes, cabello lacio. Quería que desapareciera de mi fantasma aquella melena de Cristóbal Colón. Pedí que mi cabeza quedase con el menor pelo posible pero se negó. Debí aprovechar para relajarme, pero no lo conseguía: las venas de mis sienes palpitaban al ritmo de la electrónica y estaba cegado por los focos. Yo no paraba de hablar. Le dije que no creyera que porque estaba moreno era una persona feliz; y que suponía que la fidelización del cliente era fundamental para sostener su negocio. Explicó lo que me haría y yo no le entendí muy bien. Recuerdo algo de capas internas y externas. Le dije sorprendido que era como hacer escultura aunque en el fondo pensaba que era como hacer jardinería. A mi cuello se le exigía ser como el de un maniquí. Mi cara a veces quedaba enrejada por el flequillo y en otras mi frente brillaba monstruosa. De repente, las tijeras saltaron de sus manos al suelo. No importaba. Yo estaba cruzando el espejo para ir al otro lado. Llaman al teléfono y me quedé solo con un moño y torturado por unas horquillas. A la vuelta su cepillo saltó de sus manos al suelo. No importaba, yo también había tomado mucho café y no conseguiría dibujar un círculo perfecto. De repente, la laca nubló mis ojos. Por supuesto que pensé en la capa de ozono. Me dijo que ya estaba, que estaba muy guapo, que era como James Dean. Cuando llegué a casa para borrar toda firma de mi cabeza y cuando desnudo en mitad de la ducha se cortó el agua caliente, más bien me sentí como James Dean al que le había caído un cubo de agua que había sido colocado estratégicamente en el quicio de la puerta.
Peluquería 0.
El peluquero hipertatuado (palmeras, tijeras, la cara de Beyoncé, un escudo, una pantera) me dijo que el corte que me haría lo creó Vidal Sassoon y que se llamaba “Bob”. El tajo en cuestión consiste en colocar una cazuela imaginaria en la cabeza y cortar los sobrantes de los bordes. Estuve de acuerdo. Hice una referencia a "El nombre de la rosa", pero el peluquero pareció no entenderme. La peluquería contaba con una decoración tan minimalista que parece una sala de espera de un hospital dentro de una nave espacial sin cableado. Sin cazuela, pero con consciencia de ella, el peluquero estudió mi flequillo como si de un ejecicio de dibujo técnico se tratase. Tenía en frente una pequeña pantalla en la que se podían ver desfiles y capítulos de la Pantera Rosa. Con el peluquero intercambié nombres de pastillas anticaída y hablamos de cómo sería bueno empezar a ir al gimnasio con mi edad, para que cuando llegase a los cuarenta continuase manteniéndome en forma. Lo peor de la experiencia fue que fui el último cliente al que le cortaron el pelo antes de que cerrase la peluquería y pude comprobar como todos los empleados (un pelquero y dos peluqueras más) correteaban nerviosos por cerrar. El juego de espejos les delató: estaban metiéndose rayas de cocaína en uno de los cuartos de aquel espacio demasiado blanco y demasiado vacío. ¡Incluido el peluquero que me cortaba el pelo a mí! El corte "Bob" es de la décado de los sesenta, intenté ser comprensivo... Pero fue algo bueno, y sólo hizo un viaje antes de terminar conmigo. No supe si era para controlar al resto de empleados pero intuí lo contrario por como sorbía para dentro de su nariz los no-mocos y en como el resto le acosaban preguntando cómo iba, si se sentía extraño).
A mi no me importaba, claro que me molestaba que no me invitasen, aunque fuera para decir no.
A mi no me importaba, claro que me molestaba que no me invitasen, aunque fuera para decir no.
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