Frío letón

Si me como todas estas galletas de canela en forma de muñeco o ídolo prehistórico puede que entre en calor. Porto lana merina sobre el regazo, pecho y hombros y escribo con tinta azul coagulada como sangre. Si revienta la pluma por la pasión con la que escribo la mancha incómoda se absorbería como un oasis en este mar de disfraz de oveja peruana. 

¿A quién besaría debajo del muérdago? 

Me besaría a mí mismo frente al espejo, como Alain Delon en aquella película dirigida por Melville. Podría hacerlo hoy pero no tengo una personalidad tan narcisista: todos lo hemos hecho. Las luces en la ciudad lucen muy kitsch salvo en la calle donde vivo que son muy sobrias y elegantes. Afuera hace frío. No me molesta estando en el interior, de mí mismo. Una clienta me dijo que nevaría uno de estos días. No la creí. Quizás nieve en la televisión. Siento algo de frío en las manos, pero no tiemblan. Hay unos guantes de boxeo sobre la silla. Podrían valer.  Son guantes de cualquier modo. En el portal de Belén no aparece María Magdalena. Yo tampoco aparezco. No estaría mal. La calle es un pesebre viviente llenos de Judas. Yo no sé qué personaje representaría, supongo que el de un árbol. Una vez hice de cruz. No lo hice nada mal. Acostumbro a representar ese papel alguna vez cada cierto tiempo, aunque pienso que es un error hacerse la víctima. La nochebuena se acerca e hiela y estoy guapísimo pero nadie me ve. Me ve Pina, la gata, pero creo que lo hace en blanco y negro.

Si enciendo estas velas puede que entre en calor. Robarán el oxígeno, como plantas que no son de interior. Eso dicen.

¿A quién regalar corbatas, perfumes o videojuegos?

Salí de casa con el objetivo de que un policía me detuviese. Estaba cansado de ser un chico bueno y quería fotos de mis perfiles. Decidido me puse mis mejores galas, aunque luego pensé que quizás la elegancia iba en mi contra. No estaba dispuesto a cometer ningún delito, no forma parte de mi naturaleza. Simplemente quería que me detuvieran por ser yo mismo ¿Por qué era algo tan difícil? Anduve por una calle de lo más transitada. Vi un coche de policía y mis pupilas se dilataron. Intentaba abrirse camino con la sirena al máximo y permanecí haciendo aspavientos con las manos. El coche vino directo hacia mí, bajó la ventanilla y uno de los policías con cara de malas pulgas me dijo: - Caballero, ¿tiene usted algún problema? Mi corazón comenzó a latir por encima de sus posibilidades, no podía desaprovechar aquella oportunidad. Le contesté: - Quiero que me detenga- porque con la verdad siempre hay que ir por delante, eso me enseñaron. - ¿Por qué tendríamos que detenerle? - Tiene que hacerme ese favor. El policía bajó la ventanilla farfullando algo como que tenían prisa, pues iban a cubrir un robo en una joyería. Me vine abajo. Continué por la avenida con la mirada en el suelo y las manos metidas en los bolsillos. Se me venían voces a la cabeza, "tienes cara de bueno, tienes cara de bueno". Busqué en Google la tienda de disfraces más cercana. Entré entre sudores. Di un rodeo hasta encontrar la sección de caretas, de máscaras. Dudé entre la de Satanás, la de Donald Trump y la de Kim Kardashian. Compré una de ellas, pero al salir sólo me quedé con las gomas y me las colgué de las orejas, porque hay que intentar siempre ser uno mismo. Como una de pocas virtudes que tengo es la imaginación, y al volar las gomas de la máscara al viento, crearía mi propia prisión. No tendría que cambiar mucho mi cuarto. El catre estaba hecho. Una manera era detenerme a mí mismo, pues es necesario ser autosuficiente. Pinté las paredes con líneas negras. Dejé un hueco para marcar los días y compré una lima.

"Amantis" por Juan dando

Claudia quiso darle una sorpresa, y bandeja en mano, llevó el desayuno a la cama conyugal cuando descubrió al abrir la puerta que su marido se había convertido en un escarabajo. Pensó que era una excentricidad más de las suyas y mirándole fijamente a los ojillos negros y angustiados, apostilló que iría a dar una vuelta con el Ferrari hasta que se le pasara aquella animalidad transitoria. 

Aún siendo un escarabajo, Pablo hizo un esfuerzo extraliterario y balbuceó algo así como que ya que bajaba podía preguntar en la farmacia por algún remedio para lo que le estaba ocurriendo, pero Claudia ya estaba dentro del ascensor, perfilando sus labios de rojo frente al espejo. Iba a tener una cita con su amante, veinte años más joven.

Claudia decidió esperarle en la puerta del trabajo. Propusieron visitar la tienda de decoración de su amigo Pedro, y embobada en el asiento del copiloto, no pudo evitar dar vueltas a cómo combinaría una lámpara art noveau con un escarabajo. 

Mientras tanto Pablo tuvo una debilidad humana muy rusa: tuvo ganas de jugar a la ruleta. Y aunque en la situación en la que se encontraba, todos los números le parecían malos, anheló vestirse y llamar a su mejor socio, que manejaba muy bien los dados. Pero una tristeza crujiente pesaba sobre él, al menos alcanzaba a ver el cielo a través de la ventana: nada superaba los cielos de Madrid, incluso para un bicho como él.

Atormentada, Claudia no dejaba de pensar en Pablo. Aun siendo un parásito le seguía pareciendo atractivo. Le tenía cariño y nunca había tenido las piernas tan delgadas. Pero ¿¿Cómo iba a embutirse en el frac para la boda de Marta que le había comprado o cómo iba a calzarse los zapatos de Ferragamo que le quedarían mil tallas grandes??

Embuída en sus pensamientos entomológicos, después de discutir con su amante ascendente a Ofiuco, y negarse a ir a comer a un restaurante mejicano, desembocó en el Manzanares. Observaba las olitas marrones en contraste con la misma atmósfera que veía Pablo en su encierro invertebrado: gris azulado. Durante el paseo, Claudia era tan atractiva que todos los chinches de debajo de los puentes querían pegarse a su cuerpo. Le pareció demasiado pedirles consejo sobre lo de su marido. 

El café de la Plaza de la Cruz rebosaba humo de cigarrillos, y en esa espesura descubrió como su joven amante amante de los gatos, ocupaba una de las mesas, abatido, convertido en una mariquita, intentando atrapar una fajita de pollo con sus ocho patitas delicadas. A Claudia no le sorprendió, se estaba acostumbrando a esas transformaciones, pero entendió la repulsa de las mesas vacías a su alrededor, y se lanzó sobre él compasivamente. Se sentó y por no hablar de lo que estaba ocurriendo comenzaron a debatir sobre Mies van der Rohe. 

Pidió un café y un whiskey y al segundo sorbo, Claudia empezó a convertirse en una mantis. En ese precioso instante, en su cuarto de techo alto y lámpara de lágrimas, y después de mucho esfuerzo, Pablo consiguió darse la vuelta y huyó trepando por la pared del palacete.

Armario.

Mi ropa ha cambiado tanto de armario que las camisas, la mayoría estampadas, lamentan estar en fila cada cierto tiempo, no se acostumbran, a cada cubículo nuevo dicen que se agobian al tener que despedirse de sus amigas las baldas. Los zapatos adoran cambiarse y no tener que andar, metidos en cajas o bolsas reposan, pero los pijamas y la ropa interior son muy sensibles y detestan los cambios de olor de las maderas y algo esnobs también son, ya que no soportan el diseño de muchas de las cómodas. Los pocos sombreros que tengo en mi posesión me reprochan que tendrían una vida más estable encima de un espantapájaros y que al menos así respirarían aire puro. Estarán siendo muy desagradecidas las bufandas y los foulards, acostumbro a fardar de ellas, pero exigen siempre estar encima de un galán. Los únicos que me apoyan son los pantalones, siempre tengo la misma talla, nunca me aprietan salvo a veces cuando ven a otros pantalones.

Decidí encender una vela en la Iglesia de las Calatravas porque me dije: voy a cubrir todas las posibilidades de que alguien me ayude. Además, tenía cambio en monedas, había tomado un café olé. El frío azul que hacía intensificó aún más mi deseo de plegaria. Quería prender un cirio, para agotar todas las posiblidades de auxilio, y como ya conocía su cúpula, aumentó mi deseo de contemplarla gracias a la belleza de sus frescos. Al entrar sólo había un fiel, arrodillado, y tapándose la cara con las manos, implorándose a sí mismo. La concha de agua bendita estaba seca y me bendije con lo que parecía ser un poco de café molido que había quedado entre mis dedos. El Cristo de la Cafeína. Fui directo a la sección de velas. Como consumidor sé lo que quiero, incluso en productos metafísicos. Saqué el euro del monedero de oro. Lo introduje en aquella hucha de metal, y escogí una cerilla al azar. No tenía whiskey, no tenía helado de vainilla ni nata, pero al quedarme hipnotizado con la llama no pude evitar por encima de todo anhelar una sola cosa: un café irlandés.

Naufragio, abecedario, tesoro

Arde el Agua Babea el Barco Canta el Capitán Duelen los Dedos Enteros Enderezan y Fallan los Fuelles Gritan los Grumetes Hielan los Huesos Ignoran las Iglesias Jinetes Joyas Karate de Kilates y Lamen Linternas Miente el Mar Nada el Naufragio Oscuro el Oráculo Pantalla de Peces Quema de Quejas Ruta de Rabia Sangre Salada Timón Talado Úlcera de Ultramar Visión de Valses Whisky Wagner boXeo oXidado Yoyó de Yates Zen y Zozobra.

1 cowboy

El sol era una desolación porque hería como cuchillo lorquiano, implacable. El pañuelo al cuello apretaba la nuez, y el cowboy untaba de pan los huevos fritos con tedio en el salón. Eran el cebo. Nadie le molestaba siendo él mismo. Su respiración infantil contrastaba con el calibre de su pistola, que dormía sobre la moqueta verde en la que afloraban las cartas. Las municiones eran las fichas. La pérdida se pagaba con muerte. Las cabezas de arces colgadas en las paredes (sois vosotros), impertérritas observaban la escena en la que no sucedía nada.



.

Peluquería 4

Me dirigí al Barrio de Chueca con el pensamiento al viento de escoger una peluquería al azar. Entré en la primera que vi atraído por uno de aquellos postes de barbero de líneas rojas, blancas y azules que giran. De primeras, el peluquero me pareció demasiado simpático. Antes de disfrazarme de cura o de batman, envuelto en aquella capa negra, me invitó a sentarme frente a un póster de Paul Newman. Me sentí más tranquilo e inspirado y me dejé llevar, esperando la guillotina. El verdugo era muy parlanchín. Miró al espejo, me miró a los ojos a través de él y me dijo: -Voy a hacerte un corte inglés. El rollo que te va a ti es el de ejecutivo-. Yo cerraba los ojos por miedo a que me cortara las pestañas mientras me igualaba el flequillo. Añadió que tuviese mucho cuidado con quién me cortaba el pelo: -No dejes que cualquiera te lo toque. Muchos luego vienen a mí a reparar el estropicio-. De repente, entró en escena un chico moreno, guapo, sonriente. Susurraban entre ellos como si yo no existiera. Empecé a cabrearme ante tanta desatención capilar pero al ver los ojos azules de Newman me obligué a relajarme. Cuando volvió a mi nuca, me molestó, ya que yo también le susurraba cosas a Paul. Su imagen me sugería la de una especie de Cristo del Estilo. El peluquero tenía prisa porque calló y remató la faena con mucha seguridad y acertando: me cambió la dirección del flequillo (hacia la derecha), sacudió los restos de pelo con un cepillo suave como si fuera el de un teckel y desanudó la capa de mi cuello haciendo una verónica. Salí de allí disparado, con andar de ejecutivo. En el primer escaparate en el que me vi reflejado, cambié la dirección de mi flequillo hacia la izquierda.

Nocturnos

El libro de bolsillo
bajo el sombrero negro
de alas anchas.

*

Si mientes
el abono perfecto.

*

Los balcones como tableta de
chocolate
sin tocar por los niños
que guiñan desde cielo
en forma de estrellas.

*

*****

*

La noche es clara
como la firma de un padre
en la hoja de notas debajo
de un sobresaliente.

*

Las grúas son montruos
de metal que no se tumban
para dormir.

*

La sombra del león
me dio más miedo que el propio
león.

*

Los pezones de las torres
tras los edificios bajos.

*
El silencio de Sylia Plath.

El último sorbo de café

Alargó tanto el último sorbo de café que no lo acabó nunca.
La gente que entraba en la cafetería-restaurante lo miraba con extrañeza y pensaba que estaría enfermo o que era un hombre pegado a una taza de café. Creían que simplemente le gustaba el contacto de la porcelana entre los labios. Nadie parecía tener intención en preguntarle si se encontraba bien.
La intensidad del último sorbo de K estuvo tan llena de concentración que no supo salir de esa realidad. Los dueños del restaurante, cuando se percataron al cerrar de que K continuaba allí sorbiendo, se apiadaron y le dejaron descansar. Apagaron las luces y abandonaron de puntillas su negocio mientras susurraban para sí que no siempre era buena tanta pasión en lo que uno hace.
El destino de K estaba escrito en los posos de esa taza de café.
A la mañana siguiente, los propietarios abrieron la cafetería con el placer que les proporcionaba la seguridad de hacer lo mismo cada día, pero preguntándose, esta vez, si K estaría todavía dentro.
-Claro que estará dentro. Lo dejamos encerrado. No sabemos si vivo o muerto.
Y allí se encontraba, en medio del salón, tumbado sobre dos sillas, la cabeza apoyada en una y las piernas sobre otra, manteniendo el equilibrio, aspirando el último sorbo de café como si fuese un largo suspiro. Tenía los ojos cerrados, la taza en su boca, la mano derecha en el asa.
-No duerme como un bebé.
Los señores se vieron obligados a despertarle, tenían que comenzar a servir los desayunos a la masa. Temieron que K estuviese muerto.
-Un muerto jamás podría sostener una taza de esa forma.
De repente, K abrió los ojos y se asustó al ver que todavía continuaba dentro de aquel trance. Se sintió como dentro de una cárcel, con aroma. Experimentó el peso de una soledad que sólo sufriría alguien que fuese el único al que le pasara algo por lo que nadie había pasado antes.
-Tendrás que devolvernos la taza.
K intentaba expresarles con los ojos acuosos que no le era posible.
-Si insistes en sorber, tendrás que pagarme por cada hora en la que la taza no sea devuelta, espero que lo entiendas.
K asintió.
-Puedo darte un vaso de plástico si deseas seguir sorbiendo en la calle.
K se acercó a la barra, y con la mano izquierda acercó el taburete más cercano a la puerta de la cocina y se sentó.
-¿Tienes hambre?
K se dirigió al baño. Entró en uno de los cubículos, bajó la tapa y se sentó. No conseguiría fumar un cigarrillo, una fuerza inexplicable le impedía desprenderse de la taza. Respiró por la nariz profundamente. Abrochó cada uno de los botones de su chaqueta para no resfriarse. Se miró al espejo. Pensó que sus ojos eran bonitos.
Durante un segundo olvidó que estaba sorbiendo de aquella taza. En su interior, lamentó que ese trago le resultase delicioso. Esa fragancia le envolvía y le ayudaba a mantenerse despierto.
Se marchó finalmente, decidido, de la cafetería, sin despedirse. Los señores quedaron mostrando a la vista más tazas, más platos, más cucharillas y colocándolos sobre manteles y servilletas de cuadros amarillos y blancos.
Lo observaron avanzando con pasividad, pero al cruzar el umbral, la dueña corrió tras K y le recordó a gritos que cuando consiguiera despegarse de la taza volviera para devolvérsela.
Aquella taza de hueso tenía pintada flores que combinaban con sus calcetines. Pudo leer en la base ayudándose de un espejo que era inglesa.
K andaba deprisa, intentando disimular que sorbía desde hacía ya muchas horas.
Se dirigió al banco. Quería sacar algo de dinero para pedir ayuda a algún especialista. Durante el trayecto nadie se percató de lo que le ocurría y fue un alivio. Aprovechó el teléfono del hall para llamar a su jefe e intentar explicar que no había aparecido por el despacho aquella mañana porque sentía un fuerte dolor de cabeza, pero K sólo consiguió balbucear con esfuerzo vano palabras ininteligibles. Aun así reconoció su voz.
- No sé qué dices, tranquilízate, toma un café e intenta llamar más tarde, estoy ocupado.
Después de sacar dinero del cajero y tenerlo apretado en su mano izquierda con cierto dolor, deseó tener un poco de sopa en aquella taza.
Antes de volver al restaurante para pagar su deuda, avanzó a través de un pequeñísimo jardín triangulado por árboles con la esperanza de despertar de lo que parecía ser una pesadilla. Las reflexiones de K duraron poco. Al reposar sobre el único banco, una banda de palomas se abalanzó sobre él queriendo beber de aquello que parecía tan digno de absorber, y espantado por tal violencia urbana, huyó.
Una mujer no se detuvo al verle correr sin rumbo hacia ella. K asombrado por aquel desinterés, lo tomó como un tipo de atracción fatal.
-Acabo de graduar mis gafas y te examino desde hace metros y no sueltas esa taza de tu boca, ¿por qué?
Sus ojos eran de una melancolía azul.
- Te gusta mucho ese café, ¿verdad?
K asintió.
-¿Te gustaría besarme?
K asintió.
La mujer agarró con su mano la taza. K percibió como se calentaba el sorbo. Mientras intentaba descifrar la razón por la cuál a alguien le podía resultar atractivo en esas condiciones, la mujer, molesta ante el bloqueo de K a causa de un exceso de evasión en sus elucubraciones, le dio la espalda y abandonó la escena indignada.
Camino abajo, K fue tras ella. Sin sonreír dentro de la taza, intentó expresar con el ritmo de sus pasos su desamparo. La mujer entró en una librería y desapareció entre las estanterías. K desesperado fue interceptado por el dependiente.
-No se puede entrar en el local con bebidas del exterior.
Cabizbajo, y cada vez más acostumbrado a la taza como parte de su cuerpo, caminó de vuelta e irrumpió de nuevo en la cafetería- restaurante donde había comenzado todo.
Al atravesar la puerta, se dirigió furiosamente hacia la misma mesa en la que estuvo esa mañana, empuñó un bolígrafo y le escribió a la camarera, que se acercó a él ingenuamente, un mensaje muy claro: quería que le trajesen un platito y una cucharilla para su taza.
El restaurante estaba repleto, la masa discutía hambrienta demandando rapidez.
K, absorto, se encontraba en medio de todo aquello como un tótem sagrado y desolado. La camarera voló con el menaje que K exigió. Cuando los tuvo frente a sí, posó la taza lentamente sobre el plato. Al quedar liberado, fijó su atención en un póster que anunciaba un retiro en una comunidad colombiana dedicada al cultivo de café. Acompañaba al texto una estampa paradísiaca: un bosque, un río, un colibrí, una hamaca. Los propietarios salieron despavoridos de la cocina en pantuflas hacia la mesa donde estuvo K. Con los ojos como cuencos y las bocas como fuentes, abrumados por la ausencia de K, giraron sus cabezas hacia al tumulto de trabajadores y luego estupefactos al fondo de la taza vacía.


***


EL “SÍ, QUIERO” DEL JOVEN JONATHAN HARKER por Juan Dando

Ayer por la noche Mina y yo fuimos a hacer el amor al cementerio. Hacía mucho frío, pero Mina y yo no lo sentíamos. La situación no era propia de nosotros, pero Lucy nos había dicho que siempre llevaba allí a sus pretendientes para poner a prueba su valentía. Nos adentramos por la avenida egipcia, entrelazados como dos jóvenes prometidos en un altar. Un olor fétido emanaba de los panteones, y la única iluminación era la de los ojos de los gatos que parecían querer abalanzarse sobre nosotros. Mina disfrutaba a cada momento.

A la mañana siguiente, antes del almuerzo, le pedí a mi madre que diera orden de que se me sirviese el filete poco hecho. Habíamos sacado la cubertería de plata porque nos visitaba mi tío desde Dublín a Londres. Al corte con el cuchillo, la sangre salpicó tan fuerte mi camisa blanca que tuve una erección. Fui al cuarto de baño para enjuagarla, pero el contraste entre el deseo y la repulsa me produjo un estado de consternación tan grande que, como hipnotizado y con la excusa de dar un paseo, salí corriendo hacia el matadero y, colándome, agarré una de las esponjas que vi tiradas por el suelo, recogí con ella toda la sangre que pude, la metí en uno de los bolsillos de mi chaqueta y, al llegar a casa, encerrado en mi habitación y sentado sobre el lecho de la cama, absorbí toda la sangre sin sentirme satisfecho.

Mina mandó un telegrama: “Jonathan, espero que te encuentres bien, hoy me comentaron unos vecinos que te vieron deambulando solo por el parque”.

Retomando los hechos, recuerdo que, después de pasar la velada en el cementerio, acompañé a Mina hasta su casa y la ayudé a saltar el muro del jardín. Mientras regresaba a la mía, ya entrada la madrugada, y cruzando el camino que bordea la fortificación, me heló ver que a lo lejos estaba esperándome alguien vestido con un camisón blanco. Era una nebulosa que flotaba a medio metro del suelo y avanzaba hacia mí como si me hubiese reconocido. Antes de pestañear, estaba tan cerca que pude reconocer a una mujer de unos veinte, treinta o cuarenta años. También podría haber sido un hombre muy guapo. No podía moverme, mi cuerpo estaba clavado a la tierra. Su boca destilaba un aliento como de marisco en mal estado, y se dirigió a mí en un idioma que no supe reconocer. Comenzó a olisquearme como un animal cuando bruscamente otro alguien nos separó de un golpe diabólico y, a partir de ahí, no consigo descifrar cómo llegué de vuelta a casa. De cualquier modo, no me gustaría que se produjese otro encuentro de ese tipo por lo que pudiera pasar.

A la hora del té, mi tío, sin escandalizarse demasiado, señaló que de mi yugular supuraba pus. Me costaba respirar, pero no le di importancia porque no soy consciente de quién soy ahora mismo. Estoy tumbado sobre el diván, y no son reposo estas alucinaciones. Veo cuervos que quieren sacarme los ojos. Escuché cómo mi tío y mi madre murmuraban detrás de la puerta, y por el tono parecían preocupados. Luego sentí cómo me encerraban con llave. Los paños de agua fría parecían no ser suficientes. Las uñas me crecían tan fuertes y finas que era una tortura intentar cortarlas. Están cerca. Sé que tengo que volver a verlos para luego poder veros a vosotros.

Pensaba que lo que sentía por Mina era amor, pero todo esto es más intenso. Pena que no supiera exactamente por quiénes y por qué lo sentía.

Como un lobo en una trampa, al sonar las campanas de la iglesia a media noche no pude resistirme  y escapé por la ventana, volví al cementerio y, alborotado, cogí una de las ratas que se encontraban amontonadas en una de las catacumbas, la más gorda que pude, la reventé por dentro con una sola mano y la mordí.  Acto seguido, y más excitado que nunca por la experiencia, embobado por la luz de la luna llena, me dirigí hacia el enorme torreón a una velocidad pasmosa, y cuando sentí el contacto de la fría piedra con mis manos, descubrí que podía trepar por ella sin mucho esfuerzo. Escalé como una mantis hasta llegar a una pequeña ventana en el tercer piso, y me introduje en el interior de una estancia vacía salvo por el suelo cubierto de arena y cuatro ataúdes.

Una neblina espesa se coló entre las grietas de la sala y, como una serpiente, envolvió todo mi cuerpo hasta que, frente a mí, se transformó.

Arropado con una túnica negra y mirándome fijamente con sus ojos amarillos, el Conde, de dos metros de altura, se acercó a mí, cortó una de sus muñecas peludas con una uña y, cubriéndome con su capa como dos enamorados, me dio de beber la sangre que brotaba. Babeábamos saliva negra.

Tres mujeres nos rodearon y, entre los cuatro, me metieron dentro de uno de los ataúdes. Sentí cómo lo sellaban con dos clavos. Escuché que susurraban algo entre risas, en una lengua que empezaba a sonarme familiar. Me despedí mentalmente de Mina, y le pedí perdón. La sangre caliente que me había dado de beber el Conde burbujeaba sobre mi pecho.

Me dejé caer en la negritud.

Cuando estuve a punto de perder el conocimiento, volvieron a abrir la tapa del ataúd y salí de él tan ligero como nunca me había sentido.

– Ahora, Jonathan – dijo el Conde- ve a buscar a Mina.

Llovía.

"Paraíso"

Ámbar caliente humeante
Nenúfares flotan en el alma cristalina
Cisnes delfines libélulas
Jardín de ideas propias
Los frutos caen
Bufones hacen picnic de nueces
Por supuesto rayas de tigres camufladas entre las lianas
Un rocío constante reflecta rayos de oro
Muros de bambú biombos
Saltos de piedra peces gordos y bigotudos
Peces voladores también
Hormigas se abren paso entre la arcilla húmeda
Las abejas chupan las flores descargan
La canción del río murmullo de ánimas
Vuelan togas por la hierba
Los ángeles pasean.

Esculturas de miel charcas de leche
Lluvia de semen de minotauros que se
balancean en columpios.

No inspiración

Al menos siempre floto
Nunca me pudro
Y además bailo ligero
Bloqueo de hilo de plata
Al ritmo de las tormentas
Conexión contra un nudo negro
Puro del cosmos
Vela primitiva
Tengo buen oído para el silencio
Centro retro futurista
Kilómetro 0 de arenas movedizas
Grises
Saltos y agujeros en la cima del volcán
Donde intento empujar
La piedra de la no inspiración.

(*)ohm

Quiero verlo todo (mi interior, espíritu de carne roja)
Quedarme KO de autocontrol (puñetazo ohm)
Quiero valorar el camino (baldosas y palabras)
Estúpido asombro por explorar mi mente como destino turístico (bandera blanca)
Quiero simplificar (maleta de huesos)
Libro envuelto en una muda envuelta en un paño atado a un palo (espada de flores)
Quiero reflejar todo (espejo y prisma reflectante)
Quiero pescar sin cebo (olas de río, algas de secano)
Escribir sin mentiras (sin las mías, sin las tuyas)
Quiero cazar mariposas de vacío (sin miedo, sin red)
NO plano
No cúmulo
No cuadrado
No rombo
No línea más corta del punto A
Al punto B
Siempre en movimiento ando dormido
No centro
No indentidad
No poder
No lógica!

*poeta

el poeta se besa el poeta se mata

a sí mismo el poeta descubre al poeta que es

lleva dentro la libertad que no le da la sociedad
que no le da el psicólogo
que no le da dios que no le da el amor

al ritmo de su melodía
intransferible de entrañas
escribe

ciertas palabras juntas producen más efecto
que una revolución de sangre

el poeta quiere la libertad del horizonte sobre el mar

Sprint Baudelaire

Subo agitado las escaleras salgo por fin al exterior de la
estación de metro Edgar Quinet
el flequillo es una cresta punk por el viento, París en ese
día veintitrés de diciembre
mis botines de charol duelen son nuevos brillan
están duros están sucios
lamento mi sudor con la mano y el cigarrillo apoyado en la
frente observo
miro a la izquierda y a la derecha me vuelvo a lamentar sin
mapas por el frío
veo una placa en la pared de un edificio: "aquí vivió Simone
de Beauvoir"
me doy la vuelta y veo uno de los muros del cementerio de
Montparnasse
entro sin billete, el guardián no me mira yo quiero que me
mire quiero sonreír
quiero saber dónde está la sección número trece decido
pasear y de repente:

¡Baudelaire! (o
o su cadáver)
Cortar el cable rojo o el cable azul.
No sabía cuál cortar y sólo faltaban algunos segundos.
Se me vino a la cabeza aquella tarde en la que estaba sentado plácidamente en una hamaca en el campo y tuve que elegir entre si llamar a Laura o María para acompañarme a la presentación.
Decidir entre hacer caso al corazón o a la cabeza.
No supe si debía concentrarme en las gotas de sudor o en la boca seca.
Siempre existía la posibilidad de no hacer nada, simplemente esperar para ver qué pasaba.
Inconscientemente, el color azul me daba sensación de tranquilidad y el rojo me recordaba a sangre.
Pero en China el rojo era un color que daba buena suerte.
Increíble el ramen que comí el otro día, estaba buenísimo.
Pero el ramen es japonés.
¿Qué cable cortaría un japonés en mi situación?
Comí el ramen de la forma adecuada haciendo ruido al sorber.
Muy desagradable.
Las rodillas sentían la presión y comenzaban a temblar.
Me gustaría tener un cojín mientras tomo esta decisión.
Sí, definitivamente debería haber llevado a María a aquella presentación.
Se lo tomó muy mal y Laura no se lo hubiese tomado tanto.
A partir de ahora siempre pensaré en las consecuencias emocionales que les puedan acarrear mis decisiones a terceros.
Pero en este caso las consecuencias de mi decisión de cortar el cable rojo o azul serían sólo para mí.
Rojo cara, azul cruz.
No tenía monedas en el bolsillo, sólo billetes.
No podía de ninguna forma arrancar ese artefacto que me amenazaba, lanzarlo al vuelo, asignar un color a cada lado y ver de qué lado caía.
No tomé ninguna decisión.
No tomar ninguna decisión también era una decisión.

Maleta llena de libros

He visto en una de las esquinas de tu apartamento una maleta llena de libros. Siglos y siglos. Millones y millones. Fuego y fuego de letras. Cuando llegues a tu destino, tus manos se llenarán de grietas. La cargarás como cruz de papel con sangre de tinta. Una de ruedas sería más cómoda, pero sé que te gusta el drama. Yo mataría con ella, a mi me gusta la novela negra. Si metes uno más, será comedia. Viajarán kilómetros y kilómetros los rectángulos. Son tres noches de chimenea. Un roble centenario. En tu cabeza no ocupan espacio porque saldrán críticas por los ojos nada más vaciarla poco a poco. Acostada en la cama. Abrazada a tu peluche que lee de reojo. Yo seré tu botones. Pasé la criba para el trabajo: supe quién era Wallace Stevens. Allí la veo y pesa. Forma una sola cubierta de cuero, un solo libro. La Antología de tu otoño de 2015.

Estoy triste

Estoy inspirado porque estoy triste.
Estoy triste porque estoy solo.
Estoy solo porque no me gusta la gente.
No me gusta la gente porque no me gusto a mí mismo.
No me gusto a mí mismo porque no soy capaz de responderme de dónde vengo.

Fiesta

Salta de mesa en mesa de silla en silla baila 
de esquina en esquina rompe los vasos de falda en falda 
ama de pantalón a cremallera baja del cielo 
al suelo camúflate de confetti abraza el barreño 
de ponche. 
Curva  tu cura 
ríe tu herida en la fiesta.

True love

Metí el pie en el hoyo. Pensé en demandar a la ciudad. El daño ya estaba hecho y por un momento desistí de hacerlo porque sólo pensaba en ella. En su ojos, en el contacto de su piel con la de mis manos bajo su ropa. En el contacto de mi ropa contra la suya.

Miré el reloj, pero antes metí el pie en el hoyo y pensé en demandar al Ayuntamiento de Madrid. Me lo recomendó que lo hiciera una de las señoras que vino a socorrerme y que me pegó una torta en la cabeza por haberla asustado. Me pegó con otras tres señoras que se acercaron también a socorrerme y a pegarme. Estaba anestesiado por el dolor. Pero decidí ir a buscarla al trabajo.

El viaje en metro fueron seis paradas pero con el dolor que sentía en el tobillo parecieron doce.

Para llegar a la sede de su empresa había que recorrer un parque industrial y luego un parque con algunos árboles por crecer y bancos recién pintados y solitarios. Mientras arrastraba uno de mis pies por el suelo, podía ver a lo lejos el skyline de empresas.

Cuando llegué a la recepción, vi como la cara de la recepcionista quedó desfigurada después de darme los buenos días sin mirarme, supongo que fue al levantar su mirada y verme a mí desfigurado por el dolor. Le pedí aun así, que avisara a Laura, del departamento de compras.

Me senté en una de las sillas de una pequeña sala de espera al grito de dolor. Laura apareció a los cinco minutos, sorprendida.

Hablamos a un metro de distancia.

- ¿Podemos vernos luego?
- No lo sé.
- Esperaré fuera, sentado en un banco.
- No.
- Volveré a casa entonces.

Al mirarla, recordé la última vez que nos habíamos visto. Le di la espalda y crucé de vuelta el pasillo, luego la puerta que da a la recepción y luego la puerta que da al exterior. Deshice el camino, deshice las seis paradas de metro que fueron como veinticuatro. Llegué a por fin a mi estudio, frío, marrón, abuhardillado. Comencé a llorar nada más cruzar la puerta, abatido por el esfuerzo que acababa de hacer.

No me gusta la palabra "solo"

No me gusta la palabra solo es
demasiado corta para todo lo que significa
un mar grande de silencio encerrado
en un cuerpo, un hoyo negro
profundo sin saber donde acaba como para
ser pronunciadas sólo cuatro letras. Solo
es mucho, es mucho el estado de quererse
poco
o no quererse nada a uno mismo,
solosolosolo sería mejor, un poco más larga
tendría más sentido
es más adecuada esa repetición:
como un eco de la memoria de alguien que
sí nos quiso.

Aviones sobre Lisboa

Los aviones cruzan los tejados tan cerca que el segundo en el que temo por mi vida debido a una posible colisión hace que consiga dejar de preguntarme por un momento qué hay más allá del cielo.

Dólar

-       Te he traído un regalo.
-       (le da un dólar)
-       ¡Un dólar! – ¡Gracias!
-       Puedes ponerlo en la nevera con un imán.
-       ¿Cómo que has traído un dólar de Costa Rica?
-       Se podía pagar con dólares americanos.
-       ¿Qué tal el vuelo?
-       Estuvo muy bien, no tuve a nadie a mi lado.
-       Recé por ti a la hora del despegue.
-       Ah
-       (…)
-       El vuelo desde San José si fue horrible.
-       Hum, estaba durmiendo a esa hora.
-       Ya, no se puede rezar dormido.
-       (mira de nuevo el dólar)
-       Nunca había visto uno, sólo en las películas.
-       Toma otro, utilízalo como marcapáginas.
-   Estoy leyendo el Manifiesto Comunista.
-       Utilicémoslo de otro modo.
-       Hum
-       Métemelo en el pantalón mientras bailo.

Recuerdo

Recuerdo muy feliz cuando me tiraron por primera vez a la piscina con la ropa puesta.

Feria


Absorber el algodón de feria pomposo
de polvo de ángel rosa sabroso
derretido en la boca ociosa de papilas glotonas
y sulfurantes.

Desde que ocurrió

Desde que ocurrió hace sólo unos días no he podido recuperarme del todo. Sólo un ir de un lado para otro tambaleándome. Aunque en el fondo sabía que no supondría nada cuando pasara algún tiempo. Simplemente continuaba sin saber por qué. El tiempo no era suficiente. Todos los consejos se quedaban en nada. Mis padres, mis hermanos, mis amigos, mi jefe, mis compañeros de trabajo. Pero yo no podía dejar de pensar en ello. ¿Era yo el verdadero culpable? Caminaba intentando olvidar. Veía algunas películas que me recomendaban para intentar superarlo. ¿Por qué era diferente? ¿por qué tantos porqués y ninguna respuesta? El resto de mis problemas eran absorvidos. Conseguía llevar una vida normal. Dormía y soñaba cosas de todo tipo. Pasaba el tiempo en lugares comunes. Iba al teatro. Pero a veces volvía a mí de tal forma y con tal fuerza que no podía más que admitir que era algo humano, demasiado humano. Pero ¿por qué yo? Sin embargo, lo que me ocurrió me hacía parecer más atractivo a los ojos de mis amigos, de mis padres, de mis hermanos, de mi jefe y de mis compañeros de trabajo. Eso me hacía sentir seguro dentro del desastre. Parecía llevarlo siempre encima como un tatuaje. ¿No os parece bella la forma de champiñon de la bomba atómica? Desnudo lo notaba más, me sentía enrarecido cuando lo pensaba. Si me preguntaban, nunca mentía, siempre decía la verdad aunque me costase. Es cierto, que, en ocasiones, inventaba historias para justificarme o le pedía a quién me acompañaba que la contara en mi lugar. Mis padres no se avergonzaban delante de sus amigos, al contrario, me acariciaban el pelo y sonreían. Eso me ponía de los nervios. Quería acabar con lo que me ocurrió ese catorce de abril y que sigo arrastrando y reflejando en todo lo que hago: desde cuando meto los platos en el lavavajillas o escribo. Ese algo que ocurrió eres tú.

ROSAS AMARILLAS

Cuando abrí la puerta de la floristería estornudando, sonó la campanilla colgante, me dirigí al mostrador y pregunté al floristero si tenían servicio de envío a domicilio.

No había consultado el significado de cada una de las especies de flores. Me había plantado allí habiendo leído sólo algunos poemas de "Las flores del mal". Tenía claro, eso sí, que no quería que fuesen flores de color rojo porque simbolizaban pasión, y aunque la sentía, no quería demostrarlo.

El floristero me recomendó enviar orquídeas en una pequeña maceta. Pero yo quería flores con espinas en los tallos. Quería que fuese un regalo lo más caduco posible. Quería que se cayesen los pétalos y se pudieran utilizar como marcapáginas para libros.

Ante mi brote alérgico, el floristero me entregó un enorme sobre para escribir en él la dirección a la que irían dirigidas aquellas flores que todavía no había escogido y una diminuta tarjeta para escupir una nota. Decidí utilizar la técnica de la escritura automática. Puede que ésto fuese un error, pero al menos lo que escribiese, sería verdad. Descubrí que enviaría un ramo de rosas amarillas. Fueron las únicas flores que pudieron distinguir mis ojos acuosos. El espacio que tenía para expresarme estaba limitado a un haiku de amor: Estornudé sobre ella y escribí: "Eres mi spleen ideal". Adorné la frase con una firma inventada, como símbolo de un nuevo comienzo o de un nuevo final. Sellé la fecha en números romanos.

A día de hoy la persona a la que mandé flores no ha dado señales de vida. Ni de agradecimiento ni de desagrado por aquellos capullos. Debí llamar al floristero para confirmar si el envío se hizo correctamente. Luego supe que simbolizaban amistad. Pero prefiero imaginar que ese ramo de rosas amarillas tenía como destino no llegar nunca a su destinatario.

Cinéma

Comenzó a llover. Un poco desorientado
busqué un cine. Sabía que había uno cerca
buscaba una sala de cine para refugiarme
como en un templo.

Vi a lo lejos el neón rojo
Corriendo hacía la cartelera
No me interesó demasiado ninguna película
Fumé un cigarrillo en la puerta
Observaba París andar rápido
Buscando un café o un centro comercial
donde refugiarme como en un templo.

Sex-shop (París)

Entro en un café del 18 arrondissement-
Pido una pinta-
Me siento en la mesa al lado de la ventana que da a la calle-
Veo que el bar está en frente de un sex-shop-
Cuento las personas que pasan por delante sin entrar-
Ocho personas solas-
Más de diez repartidas en grupos-

Una persona sale del sex-shop-
Me he bebido la pinta en veinticinco minutos.

Duelo (cowboy) (15 pasos)

Espalda contra espalda. El limbo del primer paso. La gota fría en la sien del segundo. El tic en el ojo del tercero. La mandíbula tensa del cuarto. El rezo interior del quinto. La piedra en la bota del sexto. El leve desequilibrio del séptimo. Percibir el sonido del viento en el octavo. Las preguntas del noveno. Preparar mi mano en el décimo. Desperezar los dedos en el undécimo. Contemplar el horizonte en el duodécimo. En el treceavo la mirada en el suelo. Abrir levemente las piernas en el catorceavo. Darme la vuelta en el quinceavo y disparar. Seguir vivo quieto en el cero.

[Funambulista] (pasos)

El primer paso flojo sobre la cuerda fue fácil. El segundo con el izquierdo estaba ya todo decidido. Veía a la gente diminuta. El silencio sepulcral reinaba. Ya lo había hecho otras veces. Paso a paso mi espada la pértiga me protegía. Podía temblar si quería. Eso aumentaría aún más mi proeza. Las gaviotas bailaban. Un minuto antes me había proyectado llegando sólo a la mitad del trayecto. Las manos me sudaban. Las mallas me quedaban pequeñas. Había engordado porque la representación de Hamlet fue un éxito. Comenzó a llover. A partir de ahí, todo empeoró. No llevaba ropa interior. Los gritos de las madres tapando los ojos a sus hijos me desconcentraban. La vi al otro extremo de la cuerda. Sus ojos parecían decir: habrá recompensa. El anillo en su dedo anular me deslumbraba. Continué únicamente porque la amaba y quería llegar hasta ella, sin red.


Oasis

No veo nada. Mis pies se hunden cada vez más en la arena. La túnica pesa. Los billones de estrellas me agobian. No vislumbro la luna por ninguna parte. No sé en qué dirección camino. Hace mucho frío. Los granos de arena golpean mi cara por el viento. Estoy solo en medio del desierto. Supongo que tardo una hora en subir cada duna. Tengo sed. Tengo miedo. Estoy agotando el instinto. Ya no recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Y no consigo imaginar que pasará. Las probabilidades parecen nulas. Bebo el sabor salado de mis lágrimas. Me balanceo y continúo andando a rastras. Me arden las líneas de las manos. Caigo tendido boca abajo. No puedo moverme. Apoyo la barbilla sobre el zurrón vacío y al mirar al frente por última vez, distingo, a lo lejos, un oasis.

No estoy preparado para decepcionaros



No estoy preparado para decepcionaros,
de nuevo,
ya las piernas me tiemblan bajos estos pantalones brillantes
negros.
He ensayado la mirada perdida
de perro
de desafío
de gato
de reto
a hacer lo que quiera
a pesar de no estar preparado para decepcionaros.

Farmacia

Mis labios me queman, heridos por el frío parisino, rojos.
Entro en una farmacia de los Campos Elíseos y
lo explico perfectamente.
Compro una barra de Avène Eau Thermale,
Cold Cream, 
Stick Lévres,
Lip Balm.

Notas sobre cómo ser escritor


Empezar por el final. Escribo por una sola razón: la soledad me obliga. Me obliga a matar el tiempo para no sentir el aburrimiento. Algo hay que hacer cuando uno se siente especial, y hay que aprovechar los esfuerzos que se han hecho por mantenerse al margen hasta llegar a ese punto en que la única persona que podría ser tu amigo es tu padre, ya anciano, que reclama un poco de paz y no un hijo-amigo. Leer es escribir más tarde. Elige algunos autores al azar. Estudia sus biografías y copia o desea ser tan interesante como ellos. Luego ya tendrás tiempo de escribir. Pasea tu saco de huesos por bibliotecas, museos, cementerios y otras heterotopías. Hay una razón por la que estás en una biblioteca: las filas de libros son trincheras que te protegen. No eres un extraño en ellas. Quieres ser escritor pero sólo te gustan las portadas de los libros: su color, los títulos de las obras y encontrarlos por sus signaturas. Desea a los amantes de los escritores que has elegido leer al azar. Busca entre las miradas furtivas de la sección de "Poesía y ensayo francesa", en los silencios y en la forma de agacharse para buscar un libro en la estantería más baja. Esta búsqueda también vale para el supermercado. Bebe alcohol sólo si tus autores favoritos lo hacen. Pero escribir algo con sentido borracho está reservado a unos pocos. Di a las pocas personas que conoces que eres escritor. Si insistes acabarán creyéndolo. Léeles algo de lo que has escrito sin que te lo pidan. Persígueles si es necesario, y luego no vuelvas a leerles nunca nada. Más tarde irán a ti para preguntar. Pensarán que el hecho de que no vuelvas a insistir implica que has escrito algo interesante, algo que quieres ocultar y que por ende, que podría interesarles. Ten periódicamente bloqueos creativos, incluso antes de empezar a escribir nada. Intenta escribir lo menos posible. Cuando lo hagas, lo que escribas tendrá más valor. Combina libros de bolsillo de ediciones baratas con la lectura de enciclopedias que pesen más que tú. Ojea en los puestos y en las librerías pero nunca compres nada. Ahorra. Siempre hay algo en casa que todavía no has leído. Devora las lecturas fáciles y a mano: los componentes de lo que comes o del gel del baño. No leas mientras estás sentado en el váter, quizás sólo lo que escriben algunos autores o los que dicen ser tus amigos. Di que hay que vivir primero experiencias interesantes e intensas para luego tener material con lo que escribir, pero nunca hagas nada. Pasea mucho por los parques, pon cara de que la naturaleza te fascina aunque en el fondo no sientas nada. Crítica a otros autores aun no habiendo leído sus obras. Critícate a ti mismo pero teniendo siempre en mente que eres genial. Lee sólo los estudios sobre ciertas obras, los prólogos de las diferentes ediciones o entrevistas del autor sobre la obra, nunca la obra en sí. No muestres que te sientes feliz. Todos sabemos que la felicidad no existe. Y además la felicidad es enemiga de estar maquinando nuevas historias profundas y oscuras que podrán servirte como material para un microensayo. Afirma que entiendes a Borges. Inmediatamente después habla de su ceguera y de que el último color que vio antes de quedarse ciego fue el amarillo. Pasa a hablar de los colores. Busca los lugares comunes, en especial “La Gaviota” de Chéjov. Escribe sólo títulos, los títulos de tus propios poemas, nouvelles, ensayos y dramas. Sólo títulos, luego ya tendrás tiempo de escribir las obras, o de producir una sola sólo de títulos. Escribe cartas a tus amigos diciendo que estás escribiendo mucho, aunque no sean amigos y aunque no sea verdad, en ese momento estarás escribiendo algo y eso es algo que no podrán negarte. Puedes escribir en servilletas de bar, pero no te limpies luego con ellas: la tinta va a los dedos y de los dedos a la camisa. Todos sabemos lo difícil que es quitar la tinta. No gastes dinero en papel. El mundo está lleno de espacios donde poder escribir. Los dorsos de las facturas y de las amenazas, las páginas finales de los libros, el papel higiénico, las paredes. Mantén tu atractivo mientras destrozas tu belleza. Fuma un cigarrillo tras otro sólo delante de la gente. Llora de vez en cuando, luego ríe desmesuradamente. Que vean que puedes escribir tanto comedia como tragedia. Lee de vez en cuando los resúmenes de los capítulos de “El Quijote” que hiciste en el instituto. Todo lo que escribas destrúyelo. Perfecciona tu tiro a la papelera, luego ganarás a tus amigos al baloncesto. Vive a costa de la gente que tienes a tu alrededor. Ellos piensan que los escritores malviven. Aprovéchate de la situación. No te tomes en serio, pero cuando otros no lo hagan, indígnate. Reflexiona de vez en cuando sobre lo que quieres conseguir escribiendo aunque en el fondo estés pensando en dinero. No hables mucho. No te delates. Ahorra palabras. Pinta, diseña, esculpe. En resumen: no escribas.

Nos sumamos

Pienso en que en el futuro reconoceré tus cualidades en él,
una suma más, una razón más por la que le amaré.

He visto al resto de mis amantes pasados en ti:
sus sonrisas, sus historias, sus silencios
me recuerdan.

Es un lío. Un montón de piedras y rosas
tiradas sobre ti, que deforman lo nuevo
para lo viejo de mí.

Yo tengo las cualidades de tus amantes pasados,
a que sí,
lo especial de las miradas ya traducidas
de las cabezas gachas o erguidas
de tus amantes
de tus amantes pasados que reconozco en mí
ahora
cuando me sonríes o dices entender
lo que quiero decir: son mentiras
mezcladas con bromas
con melancolía.

En la noche, cuerpo a cuerpo, docenas de mí y de ti.

Idea

La mesa
Las cortinas anudadas
El silencio
La alfombra
La papelera desbordada
La maleta abierta en el suelo
La herida
Una nube blanca de humo de cigarrillo
Una nube blanca que atraviesa la ventana
La forma definitiva de la herida
La cura
La cicatriz
El teléfono mudo
El paraguas apoyado en la pared
La cama
Un jarrón con flores
Las piernas cruzadas
El dedo índice en la boca
La mirada furtiva en el espejo.

El rugoso sonido del lápiz sobre el papel.

Fundido a negro metalizado

Salía del supermercado con una bolsa de plástico repleta en cada mano como pesas cuando desde un arbusto observé obligado como una puerta de coche se precipitaba sobre mí a trescientos kilómetros por hora. La puerta era negra metalizada, con una ventana de cristal no ahumado. No pude comprobar de qué marca de coche se trataba. En ese mismo microsegundo congelado, reparé cómo hacia mi izquierda volaba una rueda y a mi derecha lo que parecía ser un casco de moto. Tampoco pude apreciar si contenía una cabeza dentro o no. La puerta del coche que se iba precipitando hacia mí la percibí como un objeto familiar. Me acordé de Jesús. No de Jesús de Nazaré, sino de Jesús Fernández, mi primer amor. Hacía buen tiempo y había decidido hacer la compra. Me había levantado con hambre. Justo había leído una frase el día anterior: "Si se tiene apetito, es que todo va bien". No era el caso. Había comprado todas y cada una de los productos que había apuntado en la lista. Los había tachado uno por uno cada vez que los encestaba en el carro y sumaba los precios con una calculadora. Todo para nada. Todo para lo que parecía que iba a acabar en una puerta de coche viniendo hacia mí a trescientos kilómetros por hora. No llevaba una muda encima. Antes de todo, o de nada, pude verme reflejado en su cristal no ahumado. Estaba guapo esa mañana. El tedio del sobreesfuerzo por haber paseado durante tanto tiempo en el supermercado me había dado un aspecto desenfadado. Sólo podía pensar en toda la comida desparramada y espachurrada sobre el camino y que la cajera me había ayudado amablemente a introducir escrupulosamente en las bolsas. -Que pase un buen día- me había dicho. Yo me lo había tomado como una promesa. Porque creo que lo dijo de verdad. No creo que esa cajera fuera tan buena actriz. Lo que no era, era una buena vidente.

Esa tarde decidí ir solo al cine.

Esa tarde decidí ir solo al cine.
Justo antes de que empezara la película, cuando ya habían pasado los anuncios y los tráilers y la sala estaba completamente a oscuras, alguien se sentó a mi lado. Me pregunté por qué no había elegido sentarse en algunas de las otras cientos de butacas que estaban vacías. La miré a los dos segundos. Ella me miraba y dejó de mirarme cuando yo la miré. Cuando volví a fijar mi mirada en la pantalla, sentí como ella volvía mirarme. Luego volví a mirarla aprovechando que no me miraba. Dicen que a la luz de las velas todos parecemos más atractivos, que borra todas nuestras imperfecciones. Pero confirmo que la luz de la pantalla del cine también. Decidí relajarme y no pensar más en aquella intrusión en un espacio público y concentrarme en la película, en aprovechar cada uno de los euros que había pagado por verla. En una de las escenas, ella comenzó a reírse, intentando contenerla para no molestar al resto: eso me gustó. No sé por qué motivo yo también comencé a reírme. Pero creo que notó que yo también me reía y ella dejó de hacerlo. Tenía mucha curiosidad por ese perfil que hasta ahora sólo intuía. Intuía sus piernas elegantemente cruzadas, apretadas fuertemente. Cambió varias veces la postura de sus piernas. Yo también lo hice. Durante parte del metraje conseguí evadirme por completo de aquella presencia desconocida. La película no me pareció muy buena. Nada más acabar y empezar los créditos finales, los nervios recorrieron mi cuerpo. ¿Se irá ahora mismo? o ¿verá los créditos hasta el final? Ella no se movía de la butaca, yo tampoco. La gente comenzaba a levantarse. ¿Que ella no lo hiciera significaba que estaba interesada en mí? pero, ¿estaba interesado yo en ella? Fingí poner mucha atención en la lista de temas musicales, imposibles de retener a la velocidad en la que aparecían. De repente y antes de que aparecieran los agradecimientos, se levantó bruscamente y se marchó. Me dejó solo. Pensé que no había razón para enfadarse, pues yo era el primero que podría no estar interesado en ella. Aguanté, alargando y disfrutando del tema musical principal, solo en la butaca hasta que encendieron las luces. Estaba tan a gusto, que salir de la sala era como salir de la barriga de mi madre y tener que enfrentarme al mundo. Mientras salía, me pregunté si ella estaría fuera esperándome. ¿Cabía esa posibilidad? Era agradable esa excitación que sentía ante la posibilidad de que estuviera fuera, sola, esperándome. ¿Por qué no? La pregunta era ¿yo habría hecho lo mismo? Cuando abrí la pesada puerta de la entrada principal del cine, allí estaba, apoyada en la pared fumando un cigarrillo. Fumaba con los guantes de lana puestos. Me quedé quieto en la puerta porque realmente no esperaba encontrármela. Ella me miró fijamente, y tras las dos últimas caladas a su cigarrillo, lo tiró al suelo, lo pisó y se marchó pausadamente, como si tuviera demasiado tiempo y le sobrara y eso no le gustara. La seguí a unos metros de distancia. Era difícil mantener el ritmo para no alcanzarla. Cruzamos la esquina y andamos separados por la avenida. Yo esperaba una señal, me repetía con fuerza: date la vuelta, date la vuelta. Supe que quería que la siguiera porque finalmente se giró. Yo tuve que pararme. Una masa de gente venía hacia mí. Ella continuó andando, paseando. Entró en un restaurante. Empecé a andar más deprisa, y cuando entré, ella ya estaba sentada en una de las mesas para dos. Yo me senté en frente en otra mesa para dos, con una mesa para dos vacía entre los dos. Ella pidió una copa de vino blanco. Por acompañarla tomé yo también una. Mientras comíamos nos mirábamos. Mientras masticábamos sonreíamos. Fue una velada muy agradable. El servicio fue rápido, amable, estupendo. No sabía si pedir un café, me moría de ganas, pero tenía miedo de demorar más la cena y que ella se marchara sin pedir postre. Ella pidió un trozo de tarta. Pagamos las cuentas, firmamos los recibos bancarios y dejamos las propinas. Esta vez quise salir yo primero del restaurante para confirmar si ella estaba dispuesta a seguirme a mí. Mientras cruzaba la pesada puerta del restaurante sentí miedo de que ella estuviera saliendo también, pero por la puerta trasera. La brisa helada me golpeó en la cara. Saqué del bolsillo del abrigo un gorro de lana y mientras me lo ponía tuve miedo de que no me reconociera. Comencé a andar por la avenida. Veía no muy lejos la plaza. Me di la vuelta: me seguía. Hacía tanto frío que por instinto entré en un bar en el que no había entrado antes. Pensé que quizás a ella no le apetecería estar sola en un bar, pero lo hizo. Mientras yo me acomodaba en la barra y pedía una cerveza, ella comenzó a bailar en la pista, deshaciéndose de sus complementos y dejándolos sobre uno de los sofás, balbuceando la canción que sonaba. Todo estaba muy oscuro. Supuse que de nuevo tenía una sonrisa en la cara. Yo también conocía la canción, siempre me había parecido una canción estúpida pero resultó que me la sabía de memoria. No estaba dispuesto a beber más. A ella le pareció que no era necesario alargar más la noche y comenzó a volver a ponerse todos los complementos, mirándome de reojo con sus ojos verdes, marrones o azules. Salimos juntos del bar. Subimos juntos las escaleras que llevaban a la calle sin decirnos nada. No era necesario, al menos por ahora. Empujamos a la vez la pesada puerta de salida del bar y nos encontramos en la calle. Sus ojos eran verdes. Nos besamos.

MH370

-Buen viaje. -Gracias, dormiré. -Hablamos. -Sí. -No te quiero. -Yo tampoco. -Sin embargo. -Sin embargo. -No cojas ese vuelo.

Telón

- No imaginas lo alto que estaba, veía a la gente pequeña, muy pequeña, como puntos.
- Calla, va a empezar la obra.
- La gente sigue murmurando. Díselo también a ellos.
- Siempre tienes que tener la última palabra. Apaga el móvil.
- ¿Podrías dejar de hablar tú ahora?
- ¡Silencio! shhhhhhhh ¿no te das cuenta que si no te hubiera dicho nada te hubiera sonado el móvil en medio de la función?.
- (Aplausos)
- Los aplausos aplacan mi voz.
- De acuerdo, puedes hablar hasta que acaben de aplaudir.
- (Aplausos)
- Te quiero.
- (Aplausos)
- ¿Cómo?
- (Silencio en la sala)
- !Te quiero!

Mais elle est apparue

Ta cigarette jamais ne se consume
Tu es une étoile sur le point d´exploser
Tu ne dors pas
Ton téléphone est toujours éteint
Je t´aime Je ne te crois pas
Mais tu me fais me sentir spécial
Ça me va
Tu m´humilies avec ton mépris
 Mais au moins il m´est ádrese
Cette douleur est à moi seul
Ton sourire est toujours sarcastique
Mythomane
Tu as des posters de toi-même
Tu ne rêves pas
Tu te venges de moi avec ta beauté
 Tu me défies nue en face de moi
Tu m´as volé à mes amis
Tu plais plus à mes parents que moi
Ils seront toujours à moi
Tu ne manges pas
Ta personnalité kaléidoscopique
Tu te ris de moi
Ma façon de m´habiller est adécuate
Tu me dis que je suis un garçon facile.
Tu sais que je n´arrive jamais au bout
Ça doit être que je suis difficile
Tu m´as craché
Je ne te suis pas indifférent
Mes silences sont plus forts que toi
Je ne sais pas de qui tu me parles
Mais tu me parles à moi
Tu es une faveur pour moi
Je suis connecté
Je te supportes en me supportant
Tu m´as forcé à me regarder dans le mirroir
Tu m´as insulté
Ton verre de vin est toujours plein
Tu m´as volé mon meilleur t-shirt
Tu dis qu´il te va mieux
Tu as envahis ma maison, mon lit
Tu m´as forcé à écouter tes disques
À te lire l´horoscope
Tu ne t´adresses pas à moi
Tes amis qui avant étaient les miens
Ne savent même pas que j´existe
J´ai besoin de toi Je voulais être comme toi
Avoir quelqu´un qui m´adore
Pendant la nuit je remercie
J´ai été un esclave
Mais elle est apparue.

Traducción: Hugo Rivain

O Corvo

Enquanto estava no alto da torre do castelo, um bando de corvos negros sobrevoavam o meu lanche. Estava mesmo a abrir a boca para o meu primeiro bocado quando um deles abalançou-se sobre mim para obter o seu. Os grupos de turistas andavam longe no museo abaixo. A solidão daquela torre era partilhada pelo corvo e deixei-me roubar pela lei do mais forte. Para que desaparecesse lancei o meu lanche ao fosso. O corvo voo em queda livre para o fosso mas o resto do bando ainda estava a olhar para mim e decidi lançar também o meu anel e todos foram à sua procura deslumbrados pelo raio de luz dourada. Abri o meu guarda-chuva e reparei no céu, na nuvem preta que vinha. Assomei a minha cabeça pela torre e vi um dos corvos com o bico presso pelo anel sem conseguir abri-lo para comer o meu lanche.

Sobre el suicidio y la moral de lo absurdo

Quiero morirme. Mejor dicho, quiero decidir cuando muero. Tirarse desde un veinteavo o pegarse un tiro en la sien están en el top de los suicidios, pero en esta ciudad es demasiado difícil encontrar una pistola o un edificio demasiado alto para hacerse papilla. Puede que esto sea una excusa, pero me gustaría que fuera algo fácil. ¿Por qué dejar que la muerte decida por nosotros? ¿Si el ser humano está a la deriva en su vida, qué mínimo que decidir cuando acabar con ella? Los nudos que aprendí en los boyscouts se me han olvidado, ahora me servirían para colgarme. ¿Y los que quedan en la Tierra? ¿Cómo se sentirán? HORRIBLE. Pero el tiempo es relativo, el universo se expande y luego implosionará. No es una invitación a suicidarse en masa, pero ¿por qué no es moral hacerlo? Una proeza sería suicidarte ingiriendo litros y litros de agua o apretar tan fuerte tu nariz y cerrar tanto la boca hasta quedarte sin oxígeno y morir. Si los anuncios publicitarios en las carreteras y en la televisión fueran sustituidos por notas de Kafka o Kierkegaard lo haríamos constantemente, competiríamos por tener la mejor forma de suicidio, la más innovadora, la más cara, y suicidarse sería un "estilo de vida". Dios nos está robando descaradamente los mecheros. Tiene una gran colección en casa. No es consciente de que lo hace, pero nos molesta.
Como todavía no he tenido el placer de conocer a alguien por el que suicidarme por amor, me conformaré con hacerlo por mí mismo y a modo de dar un "sentido a mi vida". ¿Alguien le ha preguntado a tus sobrinos si les gusta esos lazos rosas y esas calzonitas a juego con los calcetines? Aguantar la vida es un proeza y una decisión interesante que puedes adoptar, pero tendrás que ser consciente de ese sufrimiento a cada segundo. No puedes engañarte a ti mismo con la felicidad. Si Dios nos devolviera los mecheros que nos ha robado y que guarda sin saberlo, estaría diciéndonos mucho más: el cielo existe y no hay mecheros en él. Yo aprovecharía para preguntar: ¿Por qué la tecnología no ha llegado a los carritos de la compra? ¿Siempre hay que ir vestido de blanco? ¿Si a la derecha está el Padre, yo donde me siento?.
¿Y si la Muerte te pilla en un momento ridículo del día? ¿En plena lectura en el baño, por ejemplo? ¿No será mejor decidir morir después de un momento interesante de tu vida? Morir durante el acto sexual, por ejemplo. ¿Dónde nos llevaría esa mezcla de orgasmo y muerte? Todos sabemos lo que es estornudar y eructar a la vez: un lío. Para las personas que tengan mucho dinero ¿Comer dinero hasta reventar? ¿ahogado por una montaña de monedas de un céntimo? Convertir el acto suicida en una obra de arte puede que te lleve a la posteridad. En los veinte Duchamp podría haberte tirado un urinario a la cabeza. Todos es tener contactos en el mundo del arte. ¿Eutanasia con arte? ¿Inmolación con técnica mixta? Morir por amor al arte sería morir por una causa noble. Suicidarte por una causa noble es una estupidez noble. Suicidios para denunciar injusticias sociales, huelgas de hambre por asuntos políticos. Los suicidios por asuntos nobles tendrán portadas en todos los periódicos del mundo ¿Qué perfil darás: el derecho o el izquierdo? ¿Quién podrá hacer la pose de las estrellas en la alfombra roja, mientras, no sé, se embadurna con su perfume favorito y se prende fuego? Hacer del suicido un tema superficial es un asunto serio. Preferimos dejar que la Muerte nos alcance, nos atrape y se haga un bocadillo con nuestros cuerpos. ¿Qué decir del suicidio de la Muerte?
Las cartas de suicidio son la comidilla de los grafólogos, junto a las recetas de los médicos y las firmas de los políticos en procesos judiciales. Una carta de suicidio de dieciséis páginas, por ejemplo, demuestra verborrea y una capacidad de ensayista en potencia. Si las cartas de suicidio van dirigidas a una sola persona, será una de las peores herencias. Post-it debería hacer una línea específica para notas de suicidio. Notas como "Me voy a buscar el paraíso" o "Me voy: no olvides dar de comer al conejo vietnamita y regar las plantas". ¿Alguien de la sala conoce a alguien que se haya suicidado siendo feliz? El agobio de las grandes ciudades, el estrés y las compañías de telefonía francesa pueden ser algunas de los motivos por los que se crean emociones negativas y llevan a la población a suicidarse. Pero cuando tu estado es pletórico, desayunas champán y tienes una vida que los demás consideran perfecta ¿por qué no hacerlo? Al llegar a la cúspide de la pirámide de Maslow, en ese momento en que le alpinista llega a la cumbre, ya no queda más que descender e ir a peor.
Llegar al "hilo de plata" por sobredosis de barbitúricos, alcohol y demás drogas también es una opción, pero la digestión es mala. Es como un mal vuelo. Quizá el turismo de suicidio sea un nicho de mercado: grandes fotos del paraíso, florido, gente volando en túnica. Ya existen predicadores que son buenos publicistas. Si te gustan más los viajes culturales el harakiri es una opción exótica de hacerlo. Si sólo tienes una navaja suiza a mano ¿cuanto tardarás en decidir que herramienta utilizar? ¿aprovecharás para limarte las uñas antes?
Ahora imaginad que hay una ola de suicidios de ancianos que han decidido en masa que no quieren que les alcance la Muerte y que están cansados de este absurdo de vida en la que a esa altura sólo regurgitan el pasado. Se tirarían a las obras como lemmings, provocarían avalanchas en las colas de los supermercados a posta, apretarían sus fajas hasta dejar de respirar.
No tengo la certeza de que el suicidio sea la mejor "forma de vivir" sólo planteo la cuestión moral de por qué no hacerlo y continuar viviendo, esperando en unos casos encontrar más tarde "El Paraíso", "La Nada" u "Otra vida".
¿Planear el suicidio? ¿apuntarlo en la agenda? ¿supone estar ocupado durante todo ese día? ¿hacerlo antes para no pillar colas en el agujero de gusano?
Nota: tu suicidio no debe implicar la muerte de otras personas ¿tirarse al metro y descarrilarlo? ¿Por qué hacer perder el tiempo a la gente? Cuando te suicidas tienes que saber que no podemos hacer nada con respecto a nuestro cuerpo. Se puede incluir un anexo a la nota de suicidio pero las cenizas pueden acabar en cualquier parte. Si te suicidas cerca del crematorio de tu ciudad ahorrarás costes a tu familia ¿El suicidio puede ser considerado? ¿Por qué es una liberación para uno y un engorro para el resto?

Gente que hemos dejado por el camino

Ya ni siquiera tengo vuestros teléfonos
Pienso fuerte en vuestras caras
Siento el amor que tengo al pensar en lo que os quise
Se me traba la lengua al pronunciar vuestros nombres
Pensando en si colocar vuestras fotos en las paredes
Quizás aparezca como secundario en algunos de vuestros sueños.

Dálmata

Acaricio su lomo duro como tabla de ajedrez desteñida,
blanco sobre negro sobre blanco, el cuerpo del poema, tenso
tachado y puntuado, desapareciendo en la ladera, morro enraizado
y vuelta a la porcelana fina y fría cuando duerme
porque está borracho de campo.

Chaqueta de tweed

Cuando me resguardé detrás de la cortina me di cuenta de que era el momento perfecto para recrearme en mis elucubraciones. Quería sacar algunas conclusiones de lo que había ocurrido en los últimos años. Pensé que al menos tardarían dos horas en encontrarme o quizá varios días. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan tranquilo. Nadie, exceptuando yo, sabía dónde me encontraba. Tenía mucho calor y unas gotas de sudor recorrieron mis brazos hasta llegar a mis manos. Rectas y pegadas al cuerpo. Sólo tenía que ordenar los pensamientos por importancia y reflexionar sobre ellos uno a uno hasta agotarlos. Tuve el impulso de querer quitarme la chaqueta de tweed pero tuve miedo de que me descubrieran y no poder disfrutar de aquel momento. ¿Dónde dejaría la chaqueta de tweed en el caso de quitármela? Me descubrirían si la vieran colocada sobre el sillón. Estaría obligado a salir de detrás de la cortina, abrir el armario y colgarla en una de las perchas que hubiese libres. Otra gota cayó cosquilleando mi pecho. El estampado de la cortina hacía juego con mis calcetines. El sonido del pendulo del reloj de pared me relajaba. Fuera, el ficus centraba la atención a primera sobre la pared donde me encontraba, y eso me beneficiaba. Fijé mi mirada en el suelo y reparé que las puntas de mis zapatos oxford sobresalían de la cortina y en un impulso, abrí mis pies en una primera posición de ballet. Entonces decidí que era el momento perfecto para recrearme en mis aprehensiones.

Pizzicato


-         ¿Qué tal el violín?
-         Muy bien, pero lo he dejado en casa.
-         He pensado tantas veces en ti.
-         ¿En serio?
-         Sí, desde que me rechazaste aquel día.
-         Lo siento.
-         No me importó, la verdad es que ni siquiera lo recuerdo bien.
-         (…)
-         (…)
-         Sabes, este sitio está lleno de gente malvada.
-         ¿Sí?
-         Han robado la chaqueta a mi amiga.
-         ¡Oh!
-         Y acaban de decirme que no se me ocurriera tocarles.
-         No merecen la pena.
-         En realidad, aquel día me gustaste porque me pareciste muy británico.
-         Gracias.
-         Y me gustó mucho la chaqueta que llevabas puesta.
-         Gracias.
-         Mis padres dicen que mi chaqueta es como un saco de patatas.
-         Gracias.
-         ¿Podrías darme un abrazo?

Hei se de Chun tian

Hua he wo de yanlei Hei se de chun tian Yanjing cai hong. Wo zai chi wo de shu Shou gou hui lai. Sanshi ci yi wo de sui Mingtian jiu kafei. Xibanya chun tian. Chuquu! Gushi ma! Wo bu yao wan niu. Tushuguan tian Hua hua xing xing Ni zhi zai nali? Hua hua qin quin Xiaojie chun tian. Wo bu qu ni de chu zhu che Chuqu! Taiyang!

Lista de palabras que he encontrado escritas en uno de los cuadernos de mi padre para ser buscadas en el diccionario para su exacta definición

Molécula
Neurálgico
Pócima
Bagatela
Funesto
Preservar
Sazón
Ratio
Onza
Bardo
Homicidio
Ensueño
Inefable
Indolente
Prepucio
Azimo
Dintel
Holocausto
Escribano
Regaliz
Leguminosa
Vesícula
Efod
Adulador
Obelisco
Lisonjeo
Sardónico
Soliloquio
Trocado
Seudónimo
Hiperbólico
Edipo
Vestal
Coetáneo
Antiácido
Genealogista
Tropo
Veleidoso
Ceballos
Dogal
Aura
Consciencia
Apnea
Queratina
Diáfano
Alféizar
Adefesio
Cactácea
Alud
Linóleo
Oclusión
Comezón
Rebullo
Quimera
Fálico
Ocluir
Varado
Savia
Definir
Axón
Filiforme
Estadística
Utopista
Liberal
Disidente
Hirsuto
Genoma
Inmunidad
Fluctuar
Repelús
Falible
Catarsis
Senilidad
Arbotante
Iris
Descripción
Ebúrnea
Lúdico
Proletariado
Azuela
Laico
Bonete
Promiscuo
Agnóstico
Albedrío
Albino
Azocar
Adefesio
Amnesia
Antílope
Aborto
Ajada
Azogado
Ambrosía
Ameno
Agio
Autóctono
Bramante
Candor
Citoplasma
Contemporáneo
Crepitar Ángulo
Comezón
Circuncisión
Decibelios
Dislexia
Discernir
Diagrama
Endogamia
Dogal
Ensueño
Edulcorante
Ecología
Eufemismo
Epigastrio
Emperifollar
Etimología
Eyaculación
Equidad
Etílico
Escrachar
Ebúrnea
Famélico
Flebotomía
Falible
Faltuza
Ficus
Funesto
Genoma
Grima
Galdosiano
Inmunidad
Incesto
Imputado
Insolvente
Levadura
Linóleo
Lóbrego
Libra
Ijada
Ictericia
Irisar
Inquina
Inocuo
Leguminosa
Libidinoso
Masonería
Mancebo
Jirones
Lucrativo
Libación
Ninfomanía
Onza
Óvulo
Oblea
Oxoniano
Oblonga
Mojama
milla
Malvasía
Miología
Paranoia
Poluto
Prófugo
Plagio
Pederastia
Políglota
Queratina
Raciocinio
Refrendar
Repelús
Rala
Saña
Senilidad
Supresión
Sima
Timorata
Sucedáneo
Somnolencia
Trocado
Testaferro
Toxina
Ungir
Vestiglo
Varadeo
Veleidoso
Verborrea.