Una fotografía

No me mires Mira hacia la cámara Siente lo que quieras No finjas Que tus ojeras sonrían Que te mate el click de eterna tensión de esqueleto De bella baba De carne dura que vibra En la cama Por la calle Subjetivo objetivo que te dispara Besos en forma de mirada tuerta De guiño de máquina Ponte ahora de perfil Sé que es difícil sonreir a la nada A una pared blanca Qué ves Qué se te aparece Es un riesgo intentar engañar a un microsegundo Años y años de huesos montados De músculos dañados De vistazos rápidos a obras de arte en museos A fotografías No me mires Mira hacia la cámara.

Maleta llena de libros

He visto en una de las esquinas de tu apartamento una maleta llena de libros. Siglos y siglos. Millones y millones. Fuego y fuego de letras. Cuando llegues a tu destino, tus manos se llenarán de grietas. La cargarás como cruz de papel con sangre de tinta. Una de ruedas sería más cómoda, pero sé que te gusta el drama. Yo mataría con ella, a mi me gusta la novela negra. Si metes uno más, será comedia. Viajarán kilómetros y kilómetros los rectángulos. Son tres noches de chimenea. Un roble centenario. En tu cabeza no ocupan espacio porque saldrán críticas por los ojos nada más vaciarla poco a poco. Acostada en la cama. Abrazada a tu peluche que lee de reojo. Yo seré tu botones. Pasé la criba para el trabajo: supe quién era Wallace Stevens. Allí la veo y pesa. Forma una sola cubierta de cuero, un solo libro. La Antología de tu otoño de 2015.

Estoy triste

Estoy inspirado porque estoy triste.
Estoy triste porque estoy solo.
Estoy solo porque no me gusta la gente.
No me gusta la gente porque no me gusto a mí mismo.
No me gusto a mí mismo porque no soy capaz de responderme de dónde vengo.

Fiesta

Salta de mesa en mesa de silla en silla baila 
de esquina en esquina rompe los vasos de falda en falda 
ama de pantalón a cremallera baja del cielo 
al suelo camúflate de confetti abraza el barreño 
de ponche. 
Curva  tu cura 
ríe tu herida en la fiesta.

True love

Metí el pie en el hoyo. Pensé en demandar a la ciudad. El daño ya estaba hecho y por un momento desistí de hacerlo porque sólo pensaba en ella. En su ojos, en el contacto de su piel con la de mis manos bajo su ropa. En el contacto de mi ropa contra la suya.

Miré el reloj, pero antes metí el pie en el hoyo y pensé en demandar al Ayuntamiento de Madrid. Me lo recomendó que lo hiciera una de las señoras que vino a socorrerme y que me pegó una torta en la cabeza por haberla asustado. Me pegó con otras tres señoras que se acercaron también a socorrerme y a pegarme. Estaba anestesiado por el dolor. Pero decidí ir a buscarla al trabajo.

El viaje en metro fueron seis paradas pero con el dolor que sentía en el tobillo parecieron doce.

Para llegar a la sede de su empresa había que recorrer un parque industrial y luego un parque con algunos árboles por crecer y bancos recién pintados y solitarios. Mientras arrastraba uno de mis pies por el suelo, podía ver a lo lejos el skyline de empresas.

Cuando llegué a la recepción, vi como la cara de la recepcionista quedó desfigurada después de darme los buenos días sin mirarme, supongo que fue al levantar su mirada y verme a mí desfigurado por el dolor. Le pedí aun así, que avisara a Laura, del departamento de compras.

Me senté en una de las sillas de una pequeña sala de espera al grito de dolor. Laura apareció a los cinco minutos, sorprendida.

Hablamos a un metro de distancia.

- ¿Podemos vernos luego?
- No lo sé.
- Esperaré fuera, sentado en un banco.
- No.
- Volveré a casa entonces.

Al mirarla, recordé la última vez que nos habíamos visto. Le di la espalda y crucé de vuelta el pasillo, luego la puerta que da a la recepción y luego la puerta que da al exterior. Deshice el camino, deshice las seis paradas de metro que fueron como veinticuatro. Llegué a por fin a mi estudio, frío, marrón, abuhardillado. Comencé a llorar nada más cruzar la puerta, abatido por el esfuerzo que acababa de hacer.

No me gusta la palabra "solo"

No me gusta la palabra solo es
demasiado corta para todo lo que significa
un mar grande de silencio encerrado
en un cuerpo, un hoyo negro
profundo sin saber donde acaba como para
ser pronunciadas sólo cuatro letras. Solo
es mucho, es mucho el estado de quererse
poco
o no quererse nada a uno mismo,
solosolosolo sería mejor, un poco más larga
tendría más sentido
es más adecuada esa repetición:
como un eco de la memoria de alguien que
sí nos quiso.

Feria


Absorber el algodón de feria pomposo
de polvo de ángel rosa sabroso
derretido en la boca ociosa de papilas glotonas
y sulfurantes.

Desde que ocurrió

Desde que ocurrió hace sólo unos días no he podido recuperarme del todo. Sólo un ir de un lado para otro tambaleándome. Aunque en el fondo sabía que no supondría nada cuando pasara algún tiempo. Simplemente continuaba sin saber por qué. El tiempo no era suficiente. Todos los consejos se quedaban en nada. Mis padres, mis hermanos, mis amigos, mi jefe, mis compañeros de trabajo. Pero yo no podía dejar de pensar en ello. ¿Era yo el verdadero culpable? Caminaba intentando olvidar. Veía algunas películas que me recomendaban para intentar superarlo. ¿Por qué era diferente? ¿por qué tantos porqués y ninguna respuesta? El resto de mis problemas eran absorvidos. Conseguía llevar una vida normal. Dormía y soñaba cosas de todo tipo. Pasaba el tiempo en lugares comunes. Iba al teatro. Pero a veces volvía a mí de tal forma y con tal fuerza que no podía más que admitir que era algo humano, demasiado humano. Pero ¿por qué yo? Sin embargo, lo que me ocurrió me hacía parecer más atractivo a los ojos de mis amigos, de mis padres, de mis hermanos, de mi jefe y de mis compañeros de trabajo. Eso me hacía sentir seguro dentro del desastre. Parecía llevarlo siempre encima como un tatuaje. ¿No os parece bella la forma de champiñon de la bomba atómica? Desnudo lo notaba más, me sentía enrarecido cuando lo pensaba. Si me preguntaban, nunca mentía, siempre decía la verdad aunque me costase. Es cierto, que, en ocasiones, inventaba historias para justificarme o le pedía a quién me acompañaba que la contara en mi lugar. Mis padres no se avergonzaban delante de sus amigos, al contrario, me acariciaban el pelo y sonreían. Eso me ponía de los nervios. Quería acabar con lo que me ocurrió ese catorce de abril y que sigo arrastrando y reflejando en todo lo que hago: desde cuando meto los platos en el lavavajillas o escribo. Ese algo que ocurrió eres tú.

15 pasos (cowboy)

Espalda con espalda.
El limbo del primer paso.
La gota fría en la sien del segundo.
El tic en el ojo del tercero.
La mandíbula tensa del cuarto.
El rezo interior del quinto.
La piedra en la bota del sexto.
El leve desequilibrio del séptimo.
Percibir el sonido del viento del octavo.
Las preguntas del noveno.
Preparar mi mano en el décimo.
Desperezar los dedos en el undécimo.
Fijar la mirada en el horizonte del duodécimo.
En el treceavo la mirada en el suelo.
Abrir levemente las piernas en el catorceavo.
Darme la vuelta en el quinceavo.

Oasis en la oscuridad (espía)

No veo nada.
Mis pies se hunden cada vez más en la arena.
Los millones de estrellas me agobian.
No veo la luna por ninguna parte.
No sé en qué dirección camino.
Hace mucho frío.
Los granos de arena golpean todo mi cuerpo por el viento.
Estoy solo en medio del desierto.
Supongo que tardo una hora en subir cada duna.
Tengo sed. Tengo miedo.
Estoy agotando el instinto.
Ya no recuerdo cómo he llegado aquí.
Y no consigo imaginar que pasará.
Las probabilidades son nulas.
Siento el sabor salado de mis lágrimas.
Me arden los pies descalzos.
Me caigo y continúo andando a gatas.
Caigo tendido.
No puedo moverme.
Apoyo la barbilla en la arena y me obligo a mirar al frente.
Veo un oasis en medio de a oscuridad.

Farmacia

Mis labios me queman, heridos por el frío parisino, rojos.
Entro en una farmacia de los Campos Elíseos y
lo explico perfectamente.
Compro una barra de Avène Eau Thermale,
Cold Cream, 
Stick Lévres,
Lip Balm.

Nos sumamos

Pienso en que en el futuro reconoceré tus cualidades en él,
una suma más, una razón más por la que le amaré.

He visto al resto de mis amantes pasados en ti:
sus sonrisas, sus historias, sus silencios
me recuerdan.

Es un lío. Un montón de piedras y rosas
tiradas sobre ti, que deforman lo nuevo
para lo viejo de mí.

Yo tengo las cualidades de tus amantes pasados,
a que sí,
lo especial de las miradas ya traducidas
de las cabezas gachas o erguidas
de tus amantes
de tus amantes pasados que reconozco en mí
ahora
cuando me sonríes o dices entender
lo que quiero decir: son mentiras
mezcladas con bromas
con melancolía.

En la noche, cuerpo a cuerpo, docenas de mí y de ti.

Fundido a negro metalizado

Salía del supermercado con una bolsa de plástico repleta en cada mano cuando desde un arbusto vi como una puerta de coche se precipitaba sobre mí a 300 kilómetros por hora. La puerta era negra metalizada, con una ventana de cristal no ahumado. No pude comprobar ni imaginar de qué marca o modelo de coche se trataba. A la vez, y en ese mismo microsegundo congelado, vi cómo a mi izquierda volaba una rueda y a mi derecha lo que parecía ser un casco de moto, sin saber si contenía una cabeza dentro o no. La puerta del coche que se iba a precipitar sobre mí la percibí como un objeto familiar. Me acordé de Jesús. No de Jesús de Nazaré, de Jesucristo, sino de Jesús Fernández, mi primer amor. Hacía buen tiempo y había decidido hacer la compra. Me había levantado con hambre. Justo había leído una frase el día anterior: "Si se tiene apetito, es que todo va bien". No era el caso. Había comprado todas y cada una de las cosas que había apuntado en la lista. Las había tachado una por una cada vez que las encestaba en el carro y sumaba los precios con una calculadora. Todo para nada. Todo para lo que parecía que iba a acabar en una puerta de coche viniendo hacia mí a 300 kilómetros por hora. No llevaba una muda encima. Antes de todo, o de nada, pude verme reflejado en el cristal no ahumado de la puerta de coche que se dirigía hacía mí. Estaba guapo esa mañana. El cansancio, el sobreesfuerzo de haber pasado tanto tiempo en el supermercado, y cargar luego las bolsas, me había dado un aspecto desenfadado. Sólo podía pensar en toda la comida desparramada por el camino que la cajera me había ayudado amablemente a meter escrupulosamente en las bolsas. - Que pase un buen día - me había dicho. Yo me lo había tomado como una promesa. Creo que lo dijo de verdad. No creo que esa cajera fuera tan buena actriz. Lo que no era, era una buena vidente.

Esa tarde decidí ir solo al cine.

Esa tarde decidí ir solo al cine.
Justo antes de que empezara la película, cuando ya habían pasado los anuncios y los tráilers y la sala estaba completamente a oscuras, alguien se sentó a mi lado. Me pregunté por qué no había elegido sentarse en algunas de las otras cientos de butacas que estaban vacías. La miré a los dos segundos. Ella me miraba y dejó de mirarme cuando yo la miré. Cuando volví a fijar mi mirada en la pantalla, sentí como ella volvía mirarme. Luego volví a mirarla aprovechando que no me miraba. Dicen que a la luz de las velas todos parecemos más atractivos, que borra todas nuestras imperfecciones. Pero confirmo que la luz de la pantalla del cine también. Decidí relajarme y no pensar más en aquella intrusión en un espacio público y concentrarme en la película, en aprovechar cada uno de los euros que había pagado por verla. En una de las escenas, ella comenzó a reírse, intentando contenerla para no molestar al resto: eso me gustó. No sé por qué motivo yo también comencé a reírme. Pero creo que notó que yo también me reía y ella dejó de hacerlo. Tenía mucha curiosidad por ese perfil que hasta ahora sólo intuía. Intuía sus piernas elegantemente cruzadas, apretadas fuertemente. Cambió varias veces la postura de sus piernas. Yo también lo hice. Durante parte del metraje conseguí evadirme por completo de aquella presencia desconocida. La película no me pareció muy buena. Nada más acabar y empezar los créditos finales, los nervios recorrieron mi cuerpo. ¿Se irá ahora mismo? o ¿verá los créditos hasta el final? Ella no se movía de la butaca, yo tampoco. La gente comenzaba a levantarse. ¿Que ella no lo hiciera significaba que estaba interesada en mí? pero, ¿estaba interesado yo en ella? Fingí poner mucha atención en la lista de temas musicales, imposibles de retener a la velocidad en la que aparecían. De repente y antes de que aparecieran los agradecimientos, se levantó bruscamente y se marchó. Me dejó solo. Pensé que no había razón para enfadarse, pues yo era el primero que podría no estar interesado en ella. Aguanté, alargando y disfrutando del tema musical principal, solo en la butaca hasta que encendieron las luces. Estaba tan a gusto, que salir de la sala era como salir de la barriga de mi madre y tener que enfrentarme al mundo. Mientras salía, me pregunté si ella estaría fuera esperándome. ¿Cabía esa posibilidad? Era agradable esa excitación que sentía ante la posibilidad de que estuviera fuera, sola, esperándome. ¿Por qué no? La pregunta era ¿yo habría hecho lo mismo? Cuando abrí la pesada puerta de la entrada principal del cine, allí estaba, apoyada en la pared fumando un cigarrillo. Fumaba con los guantes de lana puestos. Me quedé quieto en la puerta porque realmente no esperaba encontrármela. Ella me miró fijamente, y tras las dos últimas caladas a su cigarrillo, lo tiró al suelo, lo pisó y se marchó pausadamente, como si tuviera demasiado tiempo y le sobrara y eso no le gustara. La seguí a unos metros de distancia. Era difícil mantener el ritmo para no alcanzarla. Cruzamos la esquina y andamos separados por la avenida. Yo esperaba una señal, me repetía con fuerza: date la vuelta, date la vuelta. Supe que quería que la siguiera porque finalmente se giró. Yo tuve que pararme. Una masa de gente venía hacia mí. Ella continuó andando, paseando. Entró en un restaurante. Empecé a andar más deprisa, y cuando entré, ella ya estaba sentada en una de las mesas para dos. Yo me senté en frente en otra mesa para dos, con una mesa para dos vacía entre los dos. Ella pidió una copa de vino blanco. Por acompañarla tomé yo también una. Mientras comíamos nos mirábamos. Mientras masticábamos sonreíamos. Fue una velada muy agradable. El servicio fue rápido, amable, estupendo. No sabía si pedir un café, me moría de ganas, pero tenía miedo de demorar más la cena y que ella se marchara sin pedir postre. Ella pidió un trozo de tarta. Pagamos las cuentas, firmamos los recibos bancarios y dejamos las propinas. Esta vez quise salir yo primero del restaurante para confirmar si ella estaba dispuesta a seguirme a mí. Mientras cruzaba la pesada puerta del restaurante sentí miedo de que ella estuviera saliendo también, pero por la puerta trasera. La brisa helada me golpeó en la cara. Saqué del bolsillo del abrigo un gorro de lana y mientras me lo ponía tuve miedo de que no me reconociera. Comencé a andar por la avenida. Veía no muy lejos la plaza. Me di la vuelta: me seguía. Hacía tanto frío que por instinto entré en un bar en el que no había entrado antes. Pensé que quizás a ella no le apetecería estar sola en un bar, pero lo hizo. Mientras yo me acomodaba en la barra y pedía una cerveza, ella comenzó a bailar en la pista, deshaciéndose de sus complementos y dejándolos sobre uno de los sofás, balbuceando la canción que sonaba. Todo estaba muy oscuro. Supuse que de nuevo tenía una sonrisa en la cara. Yo también conocía la canción, siempre me había parecido una canción estúpida pero resultó que me la sabía de memoria. No estaba dispuesto a beber más. A ella le pareció que no era necesario alargar más la noche y comenzó a volver a ponerse todos los complementos, mirándome de reojo con sus ojos verdes, marrones o azules. Salimos juntos del bar. Subimos juntos las escaleras que llevaban a la calle sin decirnos nada. No era necesario, al menos por ahora. Empujamos a la vez la pesada puerta de salida del bar y nos encontramos en la calle. Sus ojos eran verdes. Nos besamos.

O Corvo

Enquanto estava no alto da torre do castelo, um bando de corvos negros sobrevoavam o meu lanche. Estava mesmo a abrir a boca para o meu primeiro bocado quando um deles abalançou-se sobre mim para obter o seu. Os grupos de turistas andavam longe no museo abaixo. A solidão daquela torre era partilhada pelo corvo e deixei-me roubar pela lei do mais forte. Para que desaparecesse lancei o meu lanche ao fosso. O corvo voo em queda livre para o fosso mas o resto do bando ainda estava a olhar para mim e decidi lançar também o meu anel e todos foram à sua procura deslumbrados pelo raio de luz dourada. Abri o meu guarda-chuva e reparei no céu, na nuvem preta que vinha. Assomei a minha cabeça pela torre e vi um dos corvos com o bico presso pelo anel sem conseguir abri-lo para comer.

Sobre el suicidio y la moral de lo absurdo

Quiero morirme. Mejor dicho, quiero decidir cuando muero. Tirarse desde un veinteavo o pegarse un tiro en la sien están en el top de los suicidios, pero en esta ciudad es demasiado difícil encontrar una pistola o un edificio demasiado alto para hacerse papilla. Puede que esto sea una excusa, pero me gustaría que fuera algo fácil. ¿Por qué dejar que la muerte decida por nosotros? ¿Si el ser humano está a la deriva en su vida, qué mínimo que decidir cuando acabar con ella? Los nudos que aprendí en los boyscouts se me han olvidado, ahora me servirían para colgarme. ¿Y los que quedan en la Tierra? ¿Cómo se sentirán? HORRIBLE. Pero el tiempo es relativo, el universo se expande y luego implosionará. No es una invitación a suicidarse en masa, pero ¿por qué no es moral hacerlo? Una proeza sería suicidarte ingiriendo litros y litros de agua o apretar tan fuerte tu nariz y cerrar tanto la boca hasta quedarte sin oxígeno y morir. Si los anuncios publicitarios en las carreteras y en la televisión fueran sustituidos por notas de Kafka o Kierkegaard lo haríamos constantemente, competiríamos por tener la mejor forma de suicidio, la más innovadora, la más cara, y suicidarse sería un "estilo de vida". Dios nos está robando descaradamente los mecheros. Tiene una gran colección en casa. No es consciente de que lo hace, pero nos molesta.
Como todavía no he tenido el placer de conocer a alguien por el que suicidarme por amor, me conformaré con hacerlo por mí mismo y a modo de dar un "sentido a mi vida". ¿Alguien le ha preguntado a tus sobrinos si les gusta esos lazos rosas y esas calzonitas a juego con los calcetines? Aguantar la vida es un proeza y una decisión interesante que puedes adoptar, pero tendrás que ser consciente de ese sufrimiento a cada segundo. No puedes engañarte a ti mismo con la felicidad. Si Dios nos devolviera los mecheros que nos ha robado y que guarda sin saberlo, estaría diciéndonos mucho más: el cielo existe y no hay mecheros en él. Yo aprovecharía para preguntar: ¿Por qué la tecnología no ha llegado a los carritos de la compra? ¿Siempre hay que ir vestido de blanco? ¿Si a la derecha está el Padre, yo donde me siento?.
¿Y si la Muerte te pilla en un momento ridículo del día? ¿En plena lectura en el baño, por ejemplo? ¿No será mejor decidir morir después de un momento interesante de tu vida? Morir durante el acto sexual, por ejemplo. ¿Dónde nos llevaría esa mezcla de orgasmo y muerte? Todos sabemos lo que es estornudar y eructar a la vez: un lío. Para las personas que tengan mucho dinero ¿Comer dinero hasta reventar? ¿ahogado por una montaña de monedas de un céntimo? Convertir el acto suicida en una obra de arte puede que te lleve a la posteridad. En los veinte Duchamp podría haberte tirado un urinario a la cabeza. Todos es tener contactos en el mundo del arte. ¿Eutanasia con arte? ¿Inmolación con técnica mixta? Morir por amor al arte sería morir por una causa noble. Suicidarte por una causa noble es una estupidez noble. Suicidios para denunciar injusticias sociales, huelgas de hambre por asuntos políticos. Los suicidios por asuntos nobles tendrán portadas en todos los periódicos del mundo ¿Qué perfil darás: el derecho o el izquierdo? ¿Quién podrá hacer la pose de las estrellas en la alfombra roja, mientras, no sé, se embadurna con su perfume favorito y se prende fuego? Hacer del suicido un tema superficial es un asunto serio. Preferimos dejar que la Muerte nos alcance, nos atrape y se haga un bocadillo con nuestros cuerpos. ¿Qué decir del suicidio de la Muerte?
Las cartas de suicidio son la comidilla de los grafólogos, junto a las recetas de los médicos y las firmas de los políticos en procesos judiciales. Una carta de suicidio de dieciséis páginas, por ejemplo, demuestra verborrea y una capacidad de ensayista en potencia. Si las cartas de suicidio van dirigidas a una sola persona, será una de las peores herencias. Post-it debería hacer una línea específica para notas de suicidio. Notas como "Me voy a buscar el paraíso" o "Me voy: no olvides dar de comer al conejo vietnamita y regar las plantas". ¿Alguien de la sala conoce a alguien que se haya suicidado siendo feliz? El agobio de las grandes ciudades, el estrés y las compañías de telefonía francesa pueden ser algunas de los motivos por los que se crean emociones negativas y llevan a la población a suicidarse. Pero cuando tu estado es pletórico, desayunas champán y tienes una vida que los demás consideran perfecta ¿por qué no hacerlo? Al llegar a la cúspide de la pirámide de Maslow, en ese momento en que le alpinista llega a la cumbre, ya no queda más que descender e ir a peor.
Llegar al "hilo de plata" por sobredosis de barbitúricos, alcohol y demás drogas también es una opción, pero la digestión es mala. Es como un mal vuelo. Quizá el turismo de suicidio sea un nicho de mercado: grandes fotos del paraíso, florido, gente volando en túnica. Ya existen predicadores que son buenos publicistas. Si te gustan más los viajes culturales el harakiri es una opción exótica de hacerlo. Si sólo tienes una navaja suiza a mano ¿cuanto tardarás en decidir que herramienta utilizar? ¿aprovecharás para limarte las uñas antes?
Ahora imaginad que hay una ola de suicidios de ancianos que han decidido en masa que no quieren que les alcance la Muerte y que están cansados de este absurdo de vida en la que a esa altura sólo regurgitan el pasado. Se tirarían a las obras como lemmings, provocarían avalanchas en las colas de los supermercados a posta, apretarían sus fajas hasta dejar de respirar.
No tengo la certeza de que el suicidio sea la mejor "forma de vivir" sólo planteo la cuestión moral de por qué no hacerlo y continuar viviendo, esperando en unos casos encontrar más tarde "El Paraíso", "La Nada" u "Otra vida".
¿Planear el suicidio? ¿apuntarlo en la agenda? ¿supone estar ocupado durante todo ese día? ¿hacerlo antes para no pillar colas en el agujero de gusano?
Nota: tu suicidio no debe implicar la muerte de otras personas ¿tirarse al metro y descarrilarlo? ¿Por qué hacer perder el tiempo a la gente? Cuando te suicidas tienes que saber que no podemos hacer nada con respecto a nuestro cuerpo. Se puede incluir un anexo a la nota de suicidio pero las cenizas pueden acabar en cualquier parte. Si te suicidas cerca del crematorio de tu ciudad ahorrarás costes a tu familia ¿El suicidio puede ser considerado? ¿Por qué es una liberación para uno y un engorro para el resto?

Carta de amor

Hoy mi madre me ha preguntado por él. La casualidad o lo pequeña que es esta ciudad ha hecho que le haya visto de espaldas esta tarde, sentado en un banco con dos amigos. Le he reconocido incluso de espaldas, sobre todo por la forma en la que el humo de su cigarrillo se expandía por el aire, densa, como el de un incendio que lleva días destruyendo un bosque. No le he dicho nada, No he querido estropear nada después de estos años sin vernos, sin mantener el contacto. Le he visto de espaldas y me ha sido suficiente. Ese momento ha calmado mi necesidad romántica de mi concepción de la vida durante unos segundos. Mi madre me ha preguntado por él porque durante un tiempo estuvimos muy unidos. Pasamos un verano viendo documentales de extraterrestres. Éramos dos chicos de extrarradio calmados y ralentizados por el calor. Nunca nos besamos, ni siquiera nos abrazamos. Me miraba a los ojos desesperado por el peso de unas ojeras inyectadas en una historia triste. Deambulábamos por la ciudad en las madrugadas, comprábamos cerveza y algo para comer en las gasolineras. Hacíamos rutas por los cajeros automáticos negándonos a entender que no teníamos dinero. Alguna de esas noches, borrachos, llegábamos a casa descalzos. Junto a él las pesadillas recurrentes se hacían realidad. No me he sentido triste al verle, he sentido sólo nostalgia de aquellos días y feliz de que hubiesen pasado. Por él hubiese atracado una joyería. Había una debajo de su casa. Nunca lo hablamos abiertamente pero cada vez que pasábamos por ella nos mirábamos. Lo hubiera hecho por él. En ese momento no teníamos mucho dinero y nos sentíamos sólos. El "mundo" nos aburría y estábamos ávidos de adrenalina. Quizá yo tenía más que perder pero es cierto que el amor entre canallas es puro, porque se comparte la misma cuerda floja. Hoy mi madre me preguntó por él porque quizás de alguna forma ella también se enamoró de él. Les unía la muerte prematura de sus madres. Con el tiempo para mi se convirtió sólo en literatura. Hoy le he visto de espaldas y he recordado el microrrelato que escribí sobre nosotros y que transcribo a continuación:

Los diamantes también son el mejor amigo de los hombres

"Jean y Marc acordaron en reunirse en casa del primero para concretar el Plan. Se habían conocido hace unos días cuando se sacaron las navajas mientras deambulaban por el polígono industrial. Ya habían decidido qué hora sería la H, que coche C utilizarían para el alunizaje y que joyería J robarían. Sólo les quedaba por acordar algunos pormenores p.

Después de varios cafés solos, Jean le abrió su corazón a Marc tanto como se puede abrir a alguien con el que decides cometer un robo (completamente y asumiendo todas las consecuencias). Marc asumió de forma natural que Jean quisiera utilizar una careta de Greta Garbo para el robo, y estuvo de acuerdo, y él utilizaría entonces la de Marlene Dietrich.

Esa tarde quemaron la HP PSC 2350 hasta conseguir una correcta pose en sus impresiones a color.

Esa noche todo salió a la perfección: Greta y Marlene estaban estupendas vestidas de negro de pies a cabeza. Dentro del coche robado se miraron lánguida y misteriosamente y realizaron un alunizaje perfecto y elegante. Se apresuraron a robar las mejores piezas y volvieron a casa derrapando, abandonando el Ford F en el descampado y cargando con los sacos llenos hasta casa.

Ya estaba decidido que las venderían en el mercado negro de Estados Unidos.

Pero esa madrugada, rodeado de gargantillas de diamantes y rubíes y café solo, Jean asumió sin sorpresa que Marc quisiera  probarse una de los collares de diamantes frente al espejo.

Jean se acercó junto a él con una corona de amatistas estilo Luis XIV y le entregó unas pulseras de zafiros y oro blanco para que se las pusiera.

Se desnudaron completamente, sólo dejando las joyas sobre sus cuerpos que habían sido heridos por arma blanca desde la infancia. Se hicieron fotos que quedaron deslumbradas por la combinación del flash de la cámara y las piedras preciosas. Apagaron las luces y dijeron tres veces Elisabeth Taylor.

Nadie los vio, pero el choque de las joyas delataron que se besaban en la oscuridad"

Gente que hemos dejado por el camino

Ya ni siquiera tengo vuestros teléfonos
Pienso fuerte en vuestras caras
Siento el amor que tengo al pensar en lo que os quise
Se me traba la lengua al pronunciar vuestros nombres
Pensando en si colocar vuestras fotos en las paredes
Quizás aparezca como secundario en algunos de vuestros sueños.

Dálmata

Acaricio su lomo duro como tabla de ajedrez desteñida,
blanco sobre negro sobre blanco, el cuerpo del poema, tenso
tachado y puntuado, desapareciendo en la ladera, morro enraizado
y vuelta a la porcelana fina y fría cuando duerme
porque está borracho de campo.

Chaqueta de tweed

Cuando me escondí detrás de la cortina me di cuenta de que era el momento perfecto para recrearme en mis elucubraciones. Quería sacar algunas conclusiones de lo que había ocurrido en las últimas semanas. Pensé que al menos tardarían dos horas en encontrarme o quizá toda la tarde. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan tranquilo. Nadie, exceptuando yo, sabía dónde me encontraba. Tenía mucho calor y unas gotas de sudor recorrieron mis brazos hasta llegar a mis manos. Rectas y pegadas al cuerpo. Sólo tenía que ordenar los pensamientos por importancia y reflexionar sobre ellos uno a uno hasta agotarlos. Tuve el impulso de querer quitarme la chaqueta de tweed pero tuve miedo de que me descubrieran y no poder disfrutar de aquel momento ahora que lo había encontrado desde hace meses. ¿Dónde dejaría la chaqueta de tweed en el caso de quitármela? Me descubrirían si la vieran colocada sobre el sillón. Estaría obligado a salir detrás de la cortina, abrir el armario y colgarla en una de las perchas que hubiese libres. Otra gota cayó cosquilleando mi pecho. El estampado de la cortina hacía juego con mis pantalones. El sonido del reloj de pared me relajaba y marcaba los tiempos de mi desaparición momentánea del mundo. Desde fuera, el ficus suavizaba en una primera mirada la tensión de la pared donde me encontraba, y eso me beneficiaba. Cuando fijé mi mirada en el suelo reparé que las puntas de mis zapatos Oxford sobresalían de la cortina y en un impulso, abrí mis pies en una primera posición de ballet. Entonces decidí que era el momento perfecto para recrearme en mis aprehensiones.

Pizzicato


-         ¿Qué tal el violín?
-         Muy bien, pero lo he dejado en casa.
-         He pensado tantas veces en ti.
-         ¿En serio?
-         Sí, desde que me rechazaste aquel día.
-         Lo siento.
-         No me importó, la verdad es que ni siquiera lo recuerdo bien.
-         (…)
-         (…)
-         Sabes, este sitio está lleno de gente malvada.
-         ¿Sí?
-         Han robado la chaqueta a mi amiga.
-         ¡Oh!
-         Y acaban de decirme que no se me ocurriera tocarles.
-         No merecen la pena.
-         En realidad, aquel día me gustaste porque me pareciste muy británico.
-         Gracias.
-         Y me gustó mucho la chaqueta que llevabas puesta.
-         Gracias.
-         Mis padres dicen que mi chaqueta es como un saco de patatas.
-         Gracias.
-         ¿Podrías darme un abrazo?

Hei se de Chun tian

Hua he wo de yanlei Hei se de chun tian Yanjing cai hong. Wo zai chi wo de shu Shou gou hui lai. Sanshi ci yi wo de sui Mingtian jiu kafei. Xibanya chun tian. Chuquu! Gushi ma! Wo bu yao wan niu. Tushuguan tian Hua hua xing xing Ni zhi zai nali? Hua hua qin quin Xiaojie chun tian. Wo bu qu ni de chu zhu che Chuqu! Taiyang!

Supernova


La conocí a la salida de una discoteca. No recuerdo sus nombres. Creo que las dos contenían la palabra Supernova o quizá Casiopea. La llevé a casa en un taxi. Me sorprendió que al pillarse un mechón de pelo con la puerta del taxi no gritara, simplemente continuó mirándome fijamente con sus ojos violetas dilatados. Pensé que junto a su piel amarilla y sus labios rojos formaban la bandera de la República española. Desperté a la voz militar del taxista y reparé que ya estábamos en la puerta de mi chalé de cuatro plantas. No tenía suficiente dinero para pagar el kilometraje que nos había llevado hasta las afueras pero ella insistió en pagar la diferencia con uno de sus anillos. El taxista aceptó. Escalamos hasta mi habitación. Estoy seguro que añadió violeta a su bandera durante el trayecto. Al llegar a mi cuarto y dar un par de palmadas para activar la luz romántica, me pidió que la disculpara un momento para ir al baño. Esa frase hecha me bajó la erección. Mientras recorría mi cuarto de punta a punta hasta hasta llegar al baño de mi habitación me comentó que adoraba la bola de discoteca que tenía en el techo y que la hacía sentirse como en su trabajo. Dejó la puerta del baño entreabierta, a posta para que yo la observase mientras estaba tumbado esperándola en la cama. La veía triple y los complementos de los que se iba desprendiendo se multiplicaban como satélites o como una explosión. Intenté concentrarme en aquel falso mito de que los hombres necesitamos imágenes/lo visual para estimularnos/excitarnos sexualmente y decidí concentrarme en aquel falso mito para devolverme mi erección. Saqué del cajón de la mesa de noche unos prismáticos que utilizaba para la ópera y para observar los pájaros desde mi ventana y a la vecina del chalé de enfrente. Primero apunté a su cabeza. Se estaba quitando los kilométricos y pesados pendientes de racimo de uvas doradas. Las pestañas postizas de murciélago. Observé como se le había corrido el lunar que había pintado en su mejilla izquierda. Recogió su melena platino desgreñada en un moño. El collar que la guillotinaba. Saco de su copa C dos bolsas de silicona. El vestido de lentejuelas quedó tan flojo que cayó al suelo de baldosín haciendo un ruido metálico. Las uñas postizas quedaron alineadas sobre el lavabo con una neurosis/obsesión brillante. Estaba a punto de llegar/caer el alba. Utilizó un rollo entero de papel higiénico para desmaquillar su cara y su cuello. Una sábana santa que intoxicaría al pobre perrito de Scottex de un plumazo. Optó por romper definitivamente sus medias de rejilla arrancándolas de cuajo y las lanzó sobre la montaña de papel higiénico. Tuve que bajar mucho mi mirada prismática cuando se bajó de los tacones de veinte centímetros. Metió escrupulosamente las pulseras de plata de los tobillos en una bolsita de terciopelo (supuse que con eso pagaría el taxi de vuelta a su casa). Sus piernas se relajaron al entreabrirse  y apareció un bulto sospechoso que ocupó completamente la visión de mis prismáticos. Bajó su tanga. Salió del baño pausadamente, se acercó a mi cama king size e hicimos el amor.

Thor


Lo conocí a la salida de una discoteca. No recuerdo su nombre. Me llevó a casa en brazos demostrado tener una fuerza sobrehumana. Ese verano había decidido no hacer dieta. Le di mis llaves y consiguió abrir las puertas con una sola mano mientras sostenía mi cuerpo con el otro brazo. Su pelo engominado despedía un olor a plástico y dulces. Me sorprendió que su barba fuera débil en comparación con el matojo rizado que tenía en el cabeza. Parecíamos unos recién casados cuando entramos por el umbral de mi dormitorio. Le dije que me disculpase un momento para ir al baño. Aproveché para retocar mi maquillaje, cardarme el pelo hacia un lado tapando uno de mis ojos a lo Verónica Lake, y embutirme en un picardías de seda violeta. Para hacerme de rogar, me pinté las uñas de los pies y tardé veinte minutos soplando sobre ellas y sólo paré cuando me di cuenta de que estaba hiperventilando. Una gota de perfume. A lo lejos él me comentaba que le gustaba mucho el papel de pared que había elegido. Antes de que comenzara a hablar sobre él, salí del baño lentamente haciéndome la vamp y me acerqué a la silla de mimbre de orejas donde reposaba. Sus besos desconocidos eran tan apasionados como el de cualquier exnovio conocido. Sin desvestirse, me quitó el camisón y arrancó mi ropa interior. Mi vanidad por un momento me hizo pensar “quién rompe paga” pero me dejé llevar pensando en las próximas Rebajas. El logotipo de su camiseta en forma de puño comunista parecía que me estaba penetrando con sólo mirarlo. Le bajé los pantalones de cuero y descubrí un clítoris. No me molestó, porque sentía que su lengua estaba erecta, sus pies estaban erectos, su cabeza estaba erecta.

Axilas

Olor descriptivo de qué – axilas
dulce alarma de melocotón.

Primer día de putrefacción.
Mi cuerpo me está violando.
El marco de mis brazos delgados,
unidas las manos apuntando al techo.

No hay mejor perfume - he fabricado
excedente de ingrediente secreto.
Orgasmos desprendidos – axilas.

Me reconozco,
estoy vivo,
demasiado verano.

Órganos planos – axilas.
No me escondo,
es un abrazo,
fuerza quieta del soy contenido.

Alucinación hormonal o
irreconocible valor del esfuerzo aburrido.
Nostálgicos puentes – axilas
Abiertas como bocas de pez.
Como plantas carnívoras.

Ella

Tu cigarro no se consume nunca.
Eres una estrella a punto de explotar.
No duermes.
Tú teléfono siempre está apagado.
Te quiero.
No te creo.
Pero me haces sentir especial.
Me vale.
Me humillas con tus desprecios.
Pero al menos van dirigidos a mí.
Es sólo mío este dolor.
Tu sonrisa siempre es sarcástica.
Mitómana.
Tienes pósteres de ti misma.
No sueñas.
Te vengas de mí con tu belleza.
Me retas desnuda frente a mí.
Me has robado a mis amigos.
Les caes mejor a mis padres que yo.
Siempre serán míos.
No comes.
Tu personalidad caleidoscópica.
Te ríes de mí.
Mi forma de vestir es la adecuada.
Me dices que soy un chico fácil.
Sabes que nunca llego al final.
Será que soy difícil.
Me escupiste.
No te soy indiferente.
Mis silencios son más fuertes que tú.
No sé de quién me hablas.
Pero me hablas a mí.
Eres un favor para mí.
Estoy conectado.
Te soporto soportándome.
Me obligaste a mirarme al espejo.
Me insultaste.
Tu copa de vino siempre está llena.
Me robaste mi mejor camiseta.
Dices que te queda mejor a ti.
Invadiste mi casa, mi cama.
Me obligaste a escuchar tus discos.
A leerte el horóscopo.
No me diriges la palabra.
Tus amigos que antes eran los míos.
Ni siquiera saben que existo.
Te necesito.
Querría ser como tú.
Tener a alguien que me adore.
Durante la noche agradezco.
Fui un esclavo.
Pero apareció ella.

El aprendiz de ayunador

Por motivo de unas jornadas de trabajo intensas en la oficina, llevaba tres días sin comer. Sin llevarse nada a la boca. Sin probar bocado. Y ni siquiera se había dado cuenta. Por lo que aprovechando la ocasión decidió hacer ayuno. En las últimas décadas muchos presos políticos o políticos en libertad hacían huelgas de hambre para reivindicar una causa. Este aprendiz de ayunador no sabía que excusa poner como lucha para su falta de hambre forzada. Tendría que pensar en ello. Hacer una tabla en Excel con las más llamativas o mandar un correo masivo para que la gente opinara. Él simplemente se dejaba llevar por el ayuno, pero tenía que fingir que lo hacía por una razón “seria” o altruista. Ya sabéis, una razón por la que merezca la pena morir de inanición. También había escuchado que algunas superestrellas religiosas la practicaban para estar más cerca de Dios. Tendría que pensar en eso también. Tendría que decidir a quién quería acercarse con aquello, aunque no le importase en absoluto. Lo apuntó en un post-it. Puso la foto de Gandhi en el salvapantallas del ordenador. No tendría que moverse de la silla del despacho, se alimentaría de números a partir de ahora. Pensó que nadie había propuesto una dieta basada en números. Ya sabéis, en integrales, por ejemplo. Por no hablar del dinero que se ahorraría en trajes. El cinturón y la corbata podrían ajustarse cada vez más a su cintura y cuello en cuanto fuera adelgazando. Sus compañeros de trabajo no notaron su bajada de peso. Estaban demasiado ocupados en aprender a utilizar los palillos para comer la comida china para llevar que cada noche compraban en el restaurante de la calle donde se encontraba el rascacielos. Subir los ochenta pisos en ascensor era el mejor deporte para el ayuno. Y hacía este trayecto varias veces durante el día, en los descansos. La gente admiraba a este aprendiz de ayunador por el simple hecho de que no llamaba la atención. Sabían que estaba allí, encerrado en uno de los despachos de la planta cincuenta y siete. Y no daba problemas. La taza que solía utilizar para el café ya pesaba demasiado, entonces ¿por qué hacerla más pesada llenándola de agua? Sí había oído que algunos de los mejores ayunadores se permitían el lujo de beber un poco de agua de vez en cuando o mojarse los labios, pero para él eso era hacer trampa. Pasaban las semanas y nadie reparaba en el aprendiz de ayunador. En las reuniones creían que no estaba allí o que estaba de perfil mirando a la puerta, inquieto por salir de la sala debido a algunos asuntos urgentes que debía resolver fuera. La silla de cuero cada vez se le hacía más grande. Se resbalaba y caía debajo de la mesa. Tres veces al día el aprendiz de ayunador se agarraba fuertemente a ella y daba vueltas sobre sí mismo durante algunos minutos. Era otra de las disciplinas deportivas que se imponía como ayunador. Si el resto de sus compañeros normalmente no solían hacer nada en el trabajo, escaqueándose constantemente, perdiendo el tiempo en la máquina de café o yéndose de compras, él les ganaba porque no sólo no hacía nada sino que llegó un momento en que no podía hacer nada más que ayunar. Era su propio jefe en aquella empresa. Tomaba sus propias decisiones con respecto a como conseguir los objetivos y con qué estrategia. ¡Y con el mínimo gasto! Fue un problema cuando llegaron las vacaciones de Navidad. Ya habían pasado cuarenta días desde que decidió aprovechar el tren del no-hambre que paró en aquellos primeros tres días de jornadas intensivas. Hasta su propia secretaria dejó de verle. Ella pensó que estaría en las Bahamas. Con el esfuerzo que suponía asistir a las últimas reuniones antes de acabar el año, lo confundían con un paragüero, intentaban colgarle en las orejas gabardinas y bufandas. La señora que se dedicaba a limpiar la oficina pensó que era un ficus en mal estado y lo regaba. Esto era un sufrimiento para él porque no quería tomar agua y tirar por la borda tantos días de disciplina. Cuando habían pasado noventa días le invadió un ataque de ego pensando en que normalmente los grandes ayunadores de la historia necesitaron de los medios de comunicación para dar cuenta de su proeza. No pensaba así antes, pero había llegado un punto en que sentía que estaba haciendo algo grande mientras el se empequeñecía, sobre todo porque no se apoyaba en ninguna razón que supuestamente le diera fuerzas para mantenerse en ese estado. La nada para llegar a la nada. Quería compartir esa felicidad con el resto. Como dijimos antes, su sigilosa estrategia empresarial-corporal con el mínimo presupuesto. Pero antes de intentar apretar cualquier botón, lo acabaron intuyendo sobre la alfombra de su despacho cuando se desmanteló la oficina para traspasarla a la planta setenta y tres. Pillaron in fraganti a uno de los mozos de carga llevando unos gemelos de oro blanco que adornaban las mangas de su uniforme sucio. Su familia no tuvo que gastar ni un solo billete en la incineración. Se había volatilizado. Había cerrado un perfecto trato consigo mismo. Un ayuno con un cero absoluto en la columna del pasivo del balance de su cuerpo.

No -microrrelato

Este texto no es nada interesante. De hecho, es lo más aburrido que he escrito en mucho tiempo. No tiene principio, nudo y desenlace. Lo crearás tú decidiendo leerlo, aguantando hasta el final y extrayendo tus propias conclusiones. Tú eres el personaje principal y el secundario. Se podría decir que es un contador de palabras. Una suma de caracteres. Una cuenta matemática. Un timo. Su género sería “cara dura”. Las “musas están de vacaciones” podría ser su título o quizás “pérdida de tiempo”. Ni  siquiera servirá para comértelo como una sopa de letras. Este texto está crudo, diría que está incluso vivo. Te convertirás en un caníbal de la literatura si lo lees y tendrás una digestión pesada. Es un antídoto para que el resto de cosas que leas te parezcan “buenas”. Es un medicamento. Te recomiendo que leas este texto antes de leer cualquier cosa y hazlo dos veces antes de leer “El hacedor (de Borges) Remake", de Agustín Fernández Mallo. Lo peor es que ni siquiera se ha escrito bajo los efectos de ninguna droga ni por enajenación mental. No tendrá un final abierto. Aviso por adelantado que el peso del texto no recaerá en la última frase.

Asesina S. L.

Estoy seguro que mató a su marido. Lo sé por la forma en la que dice "El pobre tuvo un accidente". No me habla de la investigación posterior a su muerte, lo cual me ahorra un trabajo de documentación sobre criminología. Pero es mi amiga. ¿Se puede ser amiga de una asesina? Supongo que en la cárcel se hacen amigos unos ladrones de otros ladrones, unos asesinos de otros asesinos, unos pederastas de otros pederastas, pero ¿yo? ¿significa que al ser su amiga me convierto en una asesina potencial? o peor ¿en una cómplice? Como veis soy yo la protagonista de este microrrelato. ¿Tener más protagonismo que una asesina no me convierte en algo peor? Yo la admiro: ha sabido superar el hecho de haber matado a su marido y continuar como si nada hubiera pasado. Sin remordimientos. ¿Eso me convierte en una fanática de una secta formada sólo por ella y por mí? ¿Eso me convertiría en la vice-presidenta de la secta? Pero hablemos de ti. ¿Eres también cómplice por estar leyendo esto y no denunciarlo a la policía? ¿Te convierte leer este texto en algo peor que un cómplice de un asesinato? ¿Te gustaría ser el tesorero de nuestra secta?

Las señoras que se cuelan en los supermercados son La Muerte.

Esa señora que parece indefensa es La Muerte. Carga en sus bolsas de plástico huesos y huesos de gente. Por eso se desespera cansada en cada esquina y tiene que caminar lenta, respirando tres veces seis por cada compra de carne humana que pesa. Luego en casa los maquilla para el viaje definitivo. Sólo los ricos viajan en carro de la compra. Hay varias señoras que hacen ésto. Que son La Muerte. Mediadoras de Lo Oscuro. No les pagan muy bien pero es lo que tiene haber firmado un contrato con sangre. Estas señoras no envejecerán más. Pero cambian de cuerpo varias veces. Es una de las razones por la que la población en el mundo está envejecida. La Muerte se mantiene viva.

La Muerte y la Ama de Casa

A mi madre le parece más interesante la muerte que la vida. Cuando alguien muere se le ilumina la cara de felicidad: ya tendrá algo de lo que hablar y lo celebra como si Juana hubiese cumplido años organizando una fiesta familiar en la cama. Los vivos no le caen bien. Tanto que dice que quiere matarse, pero sé que no lo hará porque ni siquiera me abortó cuando tuvo la oportunidad. Cuando alguien muere aprovecha para hablar con sus amigos. Se activa su vida social desmesuradamente. – Qué pena (alegría), - Lo siento mucho (nada), - Pobre… (qué suerte…). No respeta nunca el luto en su ropa, al contrario. La muerte para ella es amarilla y plata, y estampada con colores caribeños. Y nada de zapatos cómodos: tacones que la alcen alto. Los recibos de teléfono aumentan. Mi padre sé que piensa: “espero que no muera Vicente este final de mes” o “Puede que sea más barato pagar el tratamiento a Ernesto”. Las esquelas en los periódicos para ella son prensa rosa. A veces pienso que a mi madre le sentaría muy bien la guadaña y una capa negra. Si es así, espero que me enchufe para viajar en primera clase cuando llegue el momento. Pero lo dudo. Mi madre no me desea la muerte, porque me odia.

Rayuela (Consejos de juego para hombres heterosexuales)

Muchos hombres heterosexuales juegan a la Rayuela sobre el cuerpo de las mujeres y pierden: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.
Quizás ellas prefieran el 4, 6, 8, 9, 10, 1, 3, 4, 2, 5.
Quizás a veces sólo les apetezca el 5, 5, 5, 5, 2, 3, 5, 5, 5.
Las tetas en Nicaragua, Japón o Sudáfrica son iguales.
No pienses que todas las tetas esperan dólares.
No pienses que las tetas esperan.
No pienses.
No pienses mientras chupas sus ojos de leche mientras el Gran Ojo te observa.
Intenta conocerla mejor haciéndole una radiografía en horizontal.
Hazlo tan bien que su cuerpo retenga en su memoria de carne lo que le hiciste.
Escribe en su espalda con el dedo “aliento” y en su vientre todavía no embarazado “siempre”.
Intenta que sus orgasmos cuenten más de 10.
Que la Rayuela dure lo máximo: una calle entera, un malecón. Hasta el mar.
Leed algo después.
Tacha en tu agenda su nombre si quieres. No es un contrato.
Apunta su talla de sujetador, si quieres, pero sólo para regalarle uno al día siguiente y coser tus iniciales en él.
Y háblale de la “futilidad de la memoria” para justificar que mañana
no será sólo una cruz en la lista.
Que será algo más que Emma, Sofía o Giovanna.
Que será.
Que serás.
Que.
Que tú para ella no serás un dildo más.
Qué tú para ella serás algo más que Claudio, Tizziano o Giulio.
Que tú para ella eres también una Rayuela.

Parto (A Genoveva)

En la piscina un verso escrito por cada largo nadado.
Burbujean las ideas.

Sumergido como en el útero de mi madre me observa
como si se viese desde fuera.

Parece decirme: no vayas tan lejos a encontrar la respuesta porque es de mí de donde te llamaron.

Corto el cordón con este verso,
el ombligo es de papel rayado.

Dos hostias en los dedos de tinta
me obligan a firmar en el Libro
de familia
sin seudónimo.

Todos los poetas son primos.
Todas las madres son actrices.

Carretilla.

Máquina discapacitada.
Es un perro más.

Vigila la tierra y la carga.

Reposa vacía sobre sus dos muletas y su ojo rodante.
Cíclope.
Dos astas,
volante.

Sufriendo la gravedad de los minerales
compone la música turbulenta del camino.

Arde a la sombra.

Cruz marxista al ras del suelo.
Hierro que carga amasijos de hierro.

Podría construir palacios,
es sólo una cuestión de Tiempo.

La bala en el agua.

No hay que ser un suicida para ver que esta piscina tiene forma de pistola.
Después de diez largos de ruleta rusa me he sentado a tomar el sol en el gatillo.

La pistola de cloro está rodeada de margaritas y apunta al potro que me mira asustado por la violenta forma sobre el matojo fondo.

Mi metro setenta y tres se tensa
esperando el próximo disparo.

Esta vez la bala volará al estilo mariposa.

2 kilómetros de puente (A Adelien)

Observar el atardecer a la entrada del Puente 25 de Abril es como poner la guinda a un pastel de nata hecho por las manos delicadas de una monja que jamás tocó sus pechos.

(Camino rápido como un rayo matando ovejas)
(Abusando del gerundio en los poemas)

Soy un guiño en un vagón de metro atestado de gente.
Mis pensamientos corren breves como las bolas en la jaula del bingo.

No volveré a querer a nadie. Tú serás la última.

El que de pie, siente que la cabeza está enterrada en la tierra.
Los pies pesados levitan, el agua y el aceite se mezclan.

El que templado, en su punto de combustión espontánea
sin querer hablar, haciendo de la cocina Tierra Santa y del baño celda.

Mis pupilas dilatadísimas por la excitación de vivir vendados
por un jirón de camiseta de flores gastadas.

Las veinticuatro horas con la manzana sobre la cabeza.

Afeando mi cara, dejando crecer el vello hasta que caiga al suelo.

Los pasos de pato perseguido por el zorro al que persigue el cazador gordo.

La manta del imán a 40 grados. La balanza con hierro y paja.

La alhaja bien diseñada pero falsa. La sonrisa postiza bien fijada.

La rima en a asonante cabalga sin estribos ni silla embarazada
arriesga a chocarse.

La tinta china y la pluma a desparramarse
sobre la mesa de mármol fría y expectante.

Vomito a mitad de garganta, limbo eterno y delirante.

Paz finalmente en silla de ruedas o guerra con fuegos altos, lindos y destelleantes.

(Risa entrecortada
respiración asistida
cuerpo tambaleante)

Ducha fría en verano, siesta transtornante.

Labios rojos de hedor repugnante.
Postales de la ciudad de Gante. Adelien, estás ausente en esta red social astral vibrante.
¿Puedes oírme?

Algas

Han cortado el pelo a Medusa
Se enredan a mis pies como sandalias
Pegajosas cadenas de fantasma
Me atan al Origen.
Me pesan
Subido a la báscula achatada
Gusanos vegetales momifican mi planta
Cosen mis rotos, cicatrizan las huidas,
Embellecen el llanto, parchean.

Negligé

Negligé en la playa.
El viento te peina.
Te enjoyan los rayos.
Te viste la arena.
Te calzan las algas.
Negligé en la playa.

Escarabajo

Vienes haces eses hacia mí,
negra bola tornasolada crujiente de sal.

Yo no abriría la boca si fuese una escultura,
porque quieto me río de tus torpes movimientos
de dirección dudosa.

Quizás huela mal.
Pero,

estamos en la misma barca de vela sombrilla,
rayada sobre arena microcosmos en la playa,
avanzando con remos hecho de extremidades.
E inevitablemente,

vuelas bajo haces eses hacia mí,
cosquilleas mi dedo gordo, te dejo ir
dibujo egipcio, súbdita pisada,
por los caminos de mi piel caliente
de venas y guaridas.

D.N.I.

- Hola. Buenos días.
- Hola. Buenos días. ¿Le puedo ayudar en algo?
- Oh, hum. Me gustaría comprar un antiojeras. El más potente que tengas.
- ¿Es para su novia, quizá para su madre?
- Bueno. En realidad es para un amigo.
- Ah, ya veo. Tenemos la línea masculina de maquillaje de Yves Saint laurent en aquella estantería. Acompáñeme.
- Ah. De acuerdo.
- (...)
- (...)
- Ya lo creo. La vida contemporánea es muy estresante ¿Por qué no aprovechar el poder de la cosmética?
- Bueno. En realidad a mi amigo le han pegado un puñetazo.
- Ah. Hum. ¿Se encuentra bien?
- Bueno. Digamos que necesita un antiojeras. El más potente que tengas.

Karate-amén


El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua era verde. Otras veces amarillo. Para mí era como ir a clases de karate. Me cambiaba en una de las salas anexas al campanario con los otros chicos y con Don Paulino. Las sotanas siempre iban por encima de la ropa, incluida la de Don Paulino. Ese momento era sagrado (kiai!), casi meditativo y disfrutaba especialmente del silencio santo de aquella sala originaria del siglo XIV. Era agradable tener un momento de paz en medio de aquella locura hormonal preadolescente.
Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más bonita y original para que todo el mundo me observase como si fuese sólo un continente (kiai!) no el contenido simbólico que destilaban el ramo de lirios, las monedas romanas o el cesto de laureles.
Ese día sabía que era el Día de Pentecostés porque llevábamos el cinto rojo sangre. Era divertido ver como Don Paulino les marcaba con una cruz de ceniza la frente a los asistentes. Era como si el Maestro Paulino dijera: “concéntrate en el poder de la mente” (kiai!). Aquí donde te señalo reside toda tu fuerza”(kiai!). Aunque luego también les hablaba del corazón.
Yo subí al púlpito coronado con una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas plateado con borla y ante 200 personas leí: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, semejante a un viento impetuoso, y llenó toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaban llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo los movía a expresarse. Se hallaban por entonces en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron estupefactos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos, atónitos y admirados, decían: - ¿No son galileos todos los que hablan? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas y los que viven en Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y la parte de Libia que limita con Cirene, los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandezas de Dios”. Hechos de los apóstoles 2: 1-11 (kiai!).

Patatas fritas.


Salí del restaurante con un fuerte olor a patatas fritas en la ropa. Ni siquiera me quité los pantalones negros y llevaba la pajarita en uno de los bolsillos junto a las propinas que conseguí durante la noche. Los comensales japoneses habían valorado lo suficiente mi sumisión. Una mesa de 15 japoneses hablando bajo, como si estuvieran conspirando mientras comían croquetas. Cuando salí del restaurante uno de mis compañeros gritó a los lejos mi nombre. Quería que fuese con él, con ellos, a la discoteca en la zona alta de la ciudad: “para tomar unas copas y bailar, jugar a los dardos y poner a parir al jefe”. Me sentía tan solo que accedí. No había mucha diferencia entre coger el autobús a las 2:00 que a las 7:00. Sabía que salir con ellos supondría llegar al amanecer.
Montamos 6 en un coche amarillo. Yo iba en el medio de la parte trasera. Las propinas de aquella noche tintineaban en nuestros bolsillos a cada bache de la carretera de Madrid que nos llevaría a la calle Orense. – Mañana tengo un examen – dijo una - estudiaré por la mañana en el metro camino a la facultad -. La noche era tan oscura y el cartel de la discoteca tan flúor que al mirarlo me invadió una desagradable sensación que me revolvió el estómago e hizo que se me cayera todo el cansancio encima. Otro me dió un golpe en la espalda animándome (a morir) y entramos por el pasillo largo y enmoquetado que nos llevaría a una sala amplía con una bola de discoteca a la que le faltaban algunas piezas y que daba vueltas tontas.
Los grupos de personas se repartían por la sala cubriendo las esquinas. El camarero iba vestido como yo hace unas horas. No me moví de donde aterricé al llegar a la sala, de pie, como una escultura, temiendo que si me sentaba en alguno de los mullidos sillones me quedaría dormido. De repente, llovió confetti. Mi ropa despedía tanta grasa que se quedaron pegados como si fuera un payaso. Un payaso-escultura. Mis compañeros simulaban que estaban pasando un buen rato. Bailaban mecánicamente repartidos por cada una de las esquinas de la sala.

Vuelo

¿Desean leer la prensa?
¿Agua o Coca-Cola?
¿Zumo de piña o de naranja?
Si señor, se puede utilizar el ordenador durante el vuelo excepto en el despegue y en el aterrizaje.
Abróchense los cinturones.

Diez horas de vuelo hasta San José, Costa Rica, y un par de comedias americanas malas.

Decidí leer el Financial Times durante el vuelo para practicar el inglés. Me interesaba como los estadounidenses trataban el tema de Grecia, de Europa. Un tal Tony Barber destacaba en una de las columnas el creciente anti-alemanismo de los griegos y la mala gestión y corrupción previa durante años del gobierno heleno que les había llevado a esta situación en la que se encontraban entre la espada y la pared.

En la portada Barack Obama y Xi Jimping.
Pego un bocado a mi sandwich, doy un sorbo a mi café.

Decido probar la sintonías musicales: Smoke on the water versionada en clave jazzística.

Utilizo el ordenador hasta que la poca batería me lo permite. Leo sobre el número el total de servicios rurales en Nicaragua actualizados en 2009. Me levanto del siento para ir al baño. La gente camina por los pasillos, no quieren sufrir el síndrome de la clase turista en las piernas.

Una hora antes, todo sobre unas bandejas. Me dijeron que tendrían que ver que llevaba en ese estuche. Les pareció sospechoso. Resultó ser un bolígrafo de acero de Coca-cola.

El desayuno fue en la Terminal 4 y con los párpados a medio caer. No quise comprar nada en el Duty Free ¿Para qué? El perfume atrae a los mosquitos. Puede que no vuelva a utilizar nunca más perfume. Puede que a partir de ahora el dinero lo invierta en otra cosa.

Otra ojeada al Financial Times: “Francia está a favor de una Europa Federal”. Bye Europe, hola América.

Decido escribir durante un rato aprovechando las pocas turbulencias.

Telepatía

Corazón corazón
Trébol trébol
Cuadrado cuadrado
Picas picas.

Círculo círculo
Diamante diamante
Rombo rombo
Espadas espadas.

Café café
Cigarro cigarro
Beso beso
Abrazo abrazo.

Hoyo hoyo
Palacio palacio
Castillo castillo
Foso foso.

Espiral espiral
Cristal cristal
Neón neón
Solo solo.

Taxi taxi
Losas losas
Ventana ventana
Rosas rosas.

Ácido

Me dices que soy Rojo, Azul
y otros dicen que Amarillo.
Yo digo que soy Negro en tu cama,
te absorbo,
y Blanco en los bares,
les reflecto.
Y siete en Arco Iris cuando me llamas
por teléfono, tras la lluvia.
Y Tornasolada mi sonrisa tonta en la terraza
comiendo luz irritada por el martilleo
de las obras,
Gris, Gris Gris.
El Azul y el Verde muerden mi piel que es Rosa,
que es Color Carne.
Y esa sonrisa de dientes de Oro,
Y ese taparla con tus anillos de Plata.
Y tus ojeras ultravioletas.
Y me haces elegir entre los Pantones de vino
de la carta.
Siempre me gustó el Burdeos.
El Pigmento de tu fotografía
no es el mismo visto con mis rayos
Láser.

O Lince

A solidão do lince com
Um olhar humano,
Como o Adão tinha
Um olhar felino, repousa
E mastiga uma flor de esteva
Doce, pegajosa e
Cuspe com raiva
Como a Eva cuspiu
A primeira mordida
Da maça.

A Fotografia

Em branco e preto.
Olho agora para ela fixo, o mate
Do papel escorrega as lágrimas de crocodilo
Egípcio, mas o teu rímel não se estraga
Na imagem pulcra e surpreendida.

Banana Split (Feria del libro)

Alberto espera en la cola impacientemente hasta que llega su turno.

  • Estoy muy nervioso. Me encanta su libro.
  • Oh, gracias.
  • He hecho todas sus recetas. Es mucho más guapa que en la tele.
  • Me alegro.
  • Sus postres son fantásticos. Y que buena idea la de incluir un delantal en la edición.
  • (sonrisa).
  • Hacer sus recetas hacen que me distraiga y no piense en nada por un momento.
  • Oh, gracias ¿Cuál es su favorita?
  • Su deconstrucción del banana split.
  • ¿Si?
  • Sí. Me ayudó a superar una relación amorosa.
  • ¿En serio?
  • Tu propuesta de picar la banana en pequeños trozos me relajaba mucho.
  • Oh. Entiendo.
  • Y utilizar una copa “tulipa”. Ya sabe, para cambiar de aires.
  • Debería experimentar metiendo todos los ingredientes en la picadora.
  • Oh, gracias, gracias. ¿Podría firmarme el libro?
  • Yo le recomiendo que para la próxima pruebe a hacer el pastel de carne. Era la receta favorita de mi difunto marido. ¿Cómo se llama?

Silencio nº 2

Estos domingos ya los tengo repetidos en el álbum.
¿Y si cuento los pasos hasta mi árbol favorito?
¿Y si cuento las olas que se producen en el estanque?

Todo con tal de cambiar este tiempo en el parque.

He inventado una fórmula para hoy.
300 pasos al frente y un giro de 90 grados.

Allí me echaré y abriré el libro por la página 35.

Sólo veré así, si la suma es positiva o si es
negativo mi intento de utilizar las matemáticas
contra los domingos que ya tengo repetidos.

Las nubes cargadas y las blancas multiplican vientos.
Mi cabeza es una calculadora porque no quiero sufrir
silencio.

21 rosas rojas en el rosal.
13 pajaritos comen migas de pan.

Utilizar la alquimia para convertir este domingo
en oro. Convertirme en la estatua central.

Peluquería II.

El pie del peluquero presionaba la palanca que hacía subir poco a poco mi asiento frente al espejo y que marcaba los segundos de silencio incómodo. Me preguntó mi nombre y yo siempre había querido llamarme Mario. Mi diagnóstico era el siguiente: crecimiento de pelo en la nuca alto, entradas incipientes, cabello lacio. Quería que desapareciera de mi fantasma aquella melena de Cristóbal Colón. Pedí que mi cabeza quedase con el menor pelo posible pero se negó. Debí aprovechar para relajarme, pero no lo conseguía: las venas de mis sienes palpitaban al ritmo de la electrónica y estaba cegado por los focos. Yo no paraba de hablar. Le dije que no creyera que porque estaba moreno era una persona feliz; y que suponía que la fidelización del cliente era fundamental para sostener su negocio. Explicó lo que me haría y yo no le entendí muy bien. Recuerdo algo de capas internas y externas. Le dije sorprendido que era como hacer escultura aunque en el fondo pensaba que era como hacer jardinería. A mi cuello se le exigía ser como el de un maniquí. Mi cara a veces quedaba enrejada por el flequillo y en otras mi frente brillaba monstruosa. De repente, las tijeras saltaron de sus manos al suelo. No importaba. Yo estaba cruzando el espejo para ir al otro lado. Llaman al teléfono y me quedé solo con un moño y torturado por unas horquillas. A la vuelta su cepillo saltó de sus manos al suelo. No importaba, yo también había tomado mucho café y no conseguiría dibujar un círculo perfecto. De repente, la laca nubló mis ojos. Por supuesto que pensé en la capa de ozono. Me dijo que ya estaba, que estaba muy guapo, que era como James Dean. Cuando llegué a casa para borrar toda firma de mi cabeza y cuando desnudo en mitad de la ducha se cortó el agua caliente, más bien me sentí como James Dean al que le había caído un cubo de agua que había sido colocado estratégicamente en el quicio de la puerta.

Pelea de gallos (Canción de cuna)

Kikirikí, son armas blancas de crestas rojas.
Kokorikó, los niños misquitos cavan sus fosas.
Kikirikí, sabrosa sopa sabor a violencia.
Kokorikó, mejor que morir por una verduga vieja.

Kikirikí, a las cinco cacarean nuevo día de pelea.
Kokorikó, para saber quién irá hoy a la caldera.
Kikirikí, rodeados de maíz los gallos se entrenan.
Kokorikó, y en los círculos hoyos se pelean.

Kikirikí, córdobas y dólares se mezclan en barajas.
Kokorikó, al viento parecen abanicos de navajas.
Kikirikí, tantos fratricidios cayendo plumas.
Kokorikó, en esquinas relamidos esperan pumas.



                                                                                        Laguna de Perlas, 2012.

Zinc (Escuela)

Las aulas jaulas de libertad, zinc,
los niños se abrazan
en el patio de árboles centenarios.

El polvo melancólico entre horas,
el 3x5 os hará justos, los paralelos y meridianos
también se cruzan en vuestra tierra.

Soy español y os debo una disculpa
niñas futuras pero ya no tengo escapatoria
después de pisar vuestra biblioteca: mis
pensamientos son mestizos, mis
sentimientos mulatos.

Las sillas son todas diferentes y vosotros
niños iguales. Los libros de Historia prestados,
os sirven para tachar las frases occidentalizadas.

Soldaditos de blanco y marino dan azul cielo.

No lloréis, que las lágrimas no emborronen
la lección de Ciencias,
descargad la rabia en las canastas y
buscad la cara de Dios en la pizarra.

Las matemáticas explicarán las constelaciones,
la lengua española hará que expreséis vuestros
desacuerdos y perfeccionéis las explicaciones.

Niños semillitas que explotáis,
pedid atentos al Profesor que os regará.

Sed politeístas con él.

                                                             
                                                               Colegio San Sebastián, Ticuantepe, 2012